11/24/2012

si tu étoile au ciel


Si tu étoile au ciel
                              Je ciel de l’étoile

Si tu nuit de perle de lune 

                                          Je lune cette nuit de miel

Si tu mur, mur blanc, mur noir
                                                 Je pierre, pierre de neige, pierre d'ébène


Si tu paysage l’horizon

                                       Je feuilles et arbres de ton ombre

Si tu fleur et corole
                                 J’insecte le nectar au calice


Si tu plaine ondulante sous le vent
 


                                                        Je vent qui ondule sur la plaine 

Si tu côtes argentines

                                J’atlantique patagonique

Si tu source au fond de l’eau
                                                Je miroir ton visage







11/22/2012

Exposición Giacometti , I


Giacometti, el suizo.

A distancia y tan cerca
Fantasmas inexpugnables,
Su flexibilidad enraizada en el bronce.
−Cierra los ojos, visitante,
y artista vuelva a mirar: surgen espectrales
Anclados en la tierra y la piedra.
Presencia, fragilidad del lienzo,
De cuerpos que caminan.
Cuerpos espejados en otros cuerpos
Cruzan el aire con el mismo paso,  
Surcan el tiempo del hombre,
En caracteres del pasado, presente y futuro.

 
Despertar siempre en marcha
El furor de las manos,
Y al mismo tiempo fijos.
Ni vacilación, ni desavenencia,
El espíritu sube oceánico
En brazos, olas afianzadas;
Profundas escenas reabriéndose.

 
El aire alrededor
Las paredes derrumbadas
El espacio se despliega en un torso
Vencedor del vértigo,
Erguido hasta en el reposo.
Ramificarse mil y una veces
Desde tiempos remotos,
Ahora y hacia el mañana.

A través de esa mirada siente
La delicia y el suplicio de vivir
Y la pasión despertar de un sueño gastado.

 
El camino se llena de espacios gigantes
Donde brillan oscuros ojos en eclipse de bronce.
La vida ahora y la muerte lejos
Se funden en una eternidad presente.

En un bosque de troncos circula la savia,
Asoma el alba de un claro
Grano por grano esculpido
Dulce como una mirada amada:
Tres figuras, una cara atrás observa.
Senos moldeados, muslos carcomidos,
Muslos y senos en el dolor del hierro.
Pies afirmados, sin oscilar su destino
En su peso justo de piedra de lava
Estallada en el manantial del silencio.
Cristal de roca femenina, esbelta,
Enmarcada por aristas y transparencias.
A ras del corazón mi vista se nubla.

 
Mundo primero, intacto y des-nudo
Que nos dan estos pocos instantes;
Mundo sin par en que el arte, sol y oro,
 
Cielo y bronce, nos destina tan alto.
 
Lo sabíamos desde el principio
Nos guiaba un astro frágil en su universo.
Antes que él llegara ¿podía

La sangre ser vida, amor y bronce?

 

 

(Domingo, 18/11/2012)

11/19/2012

LA SEÑORA



Con la mano izquierda me agarro a un gancho que cuelga bailando y miro afuera. La avenida Las Heras corre en zigzag bajo las ruedas del colectivo. Frenadas, bocinazos, paradas, puteadas que se prolongan entre dos pasajeros y el chofer, sonrisas cómplices e irónicas entre pasajeros que presencian la lección de filosofía nuestra, porteña. Unas voces se elevan, alumnos que se rebelan desde distintos asientos en el aula contra el maestro que conduce y sus dos epígonos.
Me aíslo de esa algarada colectiva. Otra filosofía, nada más. El semáforo está en rojo. Imponente en mis ojos se eleva el hongo de cemento y vidrio de la biblioteca nacional; por la derecha subiendo, luego bajando, Agüero, calle y muelle donde amarrado por la proa se eleva el edificio transatlántico de cinco puentes con balcones de estilo francés. La rotonda da lentas vueltas de carrusel techado de follaje primaveral, da lentas vueltas con sus cochecitos, motos y bicicletas. Galileo sube en diagonal y adoquines a la derecha. Seca la cascada de peldaños donde baja despacio Copérnico; si hay lluvias cae en aguas. Las calles son así, se van y vienen. Te quedas solo o las acompañas. Vos elegís, elijo yo.
Se corre un joven apoyado contra una de las ventanas del colectivo. Es cuando me doy vuelta para reposar la espalda en el lugar dejado libre que me encuentro cara a cara con la señora. Con su mano derecha ha agarrado fuerte el gancho, en la tibieza de mi mano que acaba de soltarlo.
Llamo al silencio entre la señora y yo. ¿Vendrá? Viene. “¿Quién habla, vos o yo?” nos preguntamos uno al otro. Sonrío. La señora desvía la mirada. Sonrío por Ella. La señora no sabe. Ella que añoro hasta extinguirme en el grito de la langosta mientras espera para morir. La señora me mira. ¿Cómo se sigue frente a Ella no agonizándome. “No es lo que ella quiere” me reta el silencio arrojándome el guante y sigue “Si da lo mismo”, me codea, “Habla vos, seguimos siendo uno hasta que vos digas.” Me impaciento, “Bueno, la vamos a llamar la señora, y Ella es ella”.
La señora me mira. Tiene el cabello rubio como lo tenía ella, corte mediano cayendo en mechas rizadas. En el lado derecho, una hebilla perlada sujeta un mechón liso de pelo de oro. Mueve la cabeza y ondula el pelo de ella. Viste elegante la señora, saco negro, y pantalón negro con finas rayas blancas, medias beige claro que se iluminan en un descubierto del empeine, zapatos negros. Es más alta que ella. “¿Y si le sacamos los zapatos negros de tacos gruesos  medianamente altos?” Eso no se borra. Ella aparece. Qué no se borre. Temblor en mí. Mueve la cabeza. “¿Quién?” “Cómo si no supieras”: en la nuca el pelo de ella cae sobre el cuello del saco de la señora.
Miro la señora. Ella me pregunta con su mirada fija: “¿qué miras?” Entre la señora y yo ese juego del cual ella que tiene las reglas y calla la respuesta que ensobra en una sonrisa. Ella distrae la mirada de la señora hacia adelante del colectivo. ¿Celosa ella? Me perfila el lado izquierdo de la cara, luego hacia atrás el derecho. Ella sigue el juego. En los párpados de la señora, sus mejillas y sus labios, arrugas nacientes y tenaces. Es natural, el tiempo huella. Sí, huella. Los carros tirados a caballo en el camino de tierra llevan a la casa de mi abuelo. Cada día sucede. Después de mucho pasar los carros, los surcos aparecen. Trazan otro camino, encima del que llegó al mundo hace mucho con tierra lisa de piel de recién nacido. Los carros de grandes ruedas de madera cercados de hiero ya no siguen pasando. Ella caminó alegre entre los surcos profundos del camino de tierra que llevaba a la casa de mi abuelo. No sabrá más; ni de arrugas sabrá. Eso no es natural. Silencio callado, presente y sangre, decime cómo hacés para callarme y que no grite.
En una frenada brusca la señora se tambalea como una hoja que se va a desprender de la rama que la sostiene. Me despego de la ventana. Mi mano se apoya en su mano. Ella se agarra firme en el poste arriba del timbre. “No me pareció que la frenaba daba para tanto” me susurra el silencio. Con el coche detenido la señora recobra su posición erguida.

−Discúlpeme señora. –Me resbalé - le digo a ella

−No es nada, señor. −No seas tonto - me dice ella riéndose y empujándome contra la ventana del colectivo porque me deje caer sobre ella - lo hiciste a propósito.

Montevideo, Santa Fe. El colectivo toma por Cerrito. Cruza Marcelo T. de Alvear. Es un segundo: la señora  suelta el gancho, se da vuelta, se escurre despacio entre la gente. “Sentí algo”, anota el silencio, “hondo, oculto. Algo quedado para morirse en tí, ¿una tristeza? Una más, una menos. No volverá”. La señora se detiene cerca de la puerta. Ella me agarra del brazo para retenerme. “Tenemos que bajar” me escucho decirle a ella que me frena: “No es la parada todavía, siempre ansioso, vos, ¿O qué te pasa?” Claro que sabe ella. La señora no. No tiene porqué.
Ahora me acerco a la puerta. La próxima es, tocó el timbre. La señora que todavía no bajó está a mi lado, apenas agachada otea hacia adelante el horizonte cuando pasamos por Córdoba. “¿Busca un edificio, una imagen que recuerde y le indiquen donde bajar? “¿A vos, te parece nerviosa, intranquila?” me interroga una voz silenciosa.
Me bajo antes de llegar a Tucumán. Cruzo la calle y mientras atravieso la explanada de cemento y vidrio sobre el costado del teatro Colón me pregunto si la señora se bajara en la parada siguiente, si entrara por Lavalle al teatro, si la encontraré en el concierto, si...
La busco a ella en la cola que se forma detrás de mí. Ella siempre llega tarde o justo sobre la hora.“Es que sos ansioso” en eco me parece escuchar que me repite ella. “Ella no vendrá. No es ella la que vendrá” ¿Quién me habla?


(03  de octubre 2012)

11/03/2012

Vuelve el sueño (Serie D)

 

Vuelve el sueño en el sueño de luz de luna
Amarra su nave solitaria de otras lunas
Vuelve desde noches negras reflejadas
en luz de sábana
de cara dolorida de indiferencia sin ira
De ir y venir sin irse nunca.
Así de simple difícil entender
Vuelve el sueño emergiendo de su ansia
su franja más ancha se espeja y me desaparece
se alejan la tierra y la luna
el cielo y el mar se retiran

Vuelve el sueño en el sueño de luz de luna
Desde noches el silencio sin dormir
clavados los dos en el cielo macizo y negro
No hay magia, imágenes hay
Volvió el sueño Ahí llega
Polvo de estrellas
En el río se hace recordar
La oscuridad cae sobre el mundo
 
Que volvería
sin saber cuándo volviera
Cuando llegó sólo ví
un índice flaco
nudoso y fuerte luego

Recuerdo la noche sin sueño
ni es ronca ni respiro da
Azota  con bronca de mar el murallón de piedra
Sin sosiego de golpe sentado de pie te encontrás
no sabes por qué
luminosas y frías luces indefinibles
Ni maullido ni ladrido
Ni el calor ni caerse a un pozo
La noche sin sueño mirándome sin miedo sin odio
joven y desgranada rueda grita la noche sin sueño
no querés verla. Está.
Golpea, en el pecho es piedra
el chasquido infernal de las primeras gotas
Volvió el sueño del sueño de luz de luna
La amodorrada letanía del agua
Encuentra el sueño la forma de su concavidad.
 
 
 

Una luz baja...


Una luz baja hacia la oscuridad
baja curvada, anciana
tiene miedo y duda
el bastón inseguro
entre el crepúsculo y la noche
Una primavera de cielo bajo
estremecida apenas
por una leve brisa,
de cielo enrollado en nubes
tronadas a lo lejos,
ruedas de un carro tirado a caballo
que vuelve; todavía
distante queda el hogar.
Hasta morir suspira
La sombra en los brazos de la lluvia
que se oye y no se ve.
Ni un ala vuela. Sólo
se inclina la hoja,
sube y baja
pluma  bailarina
gota tras gota.
Brazos  estirado
Desnudos, cansados,
las horas bostezan
en la boca grande abierta
del reloj de pared
El tiempo hinchado de viento
de la noche negra
se desliza entre las sábanas
el  cielorraso blanco
Se apaga en los párpados
De la ostra que se cierra
Sobre su luna perlada.
Silencio nocturno y cristal
Olvido de mirada clara que sueña
No hay muerte donde tiembla la vida
En la noche agua argentina.

 
(lunes de lluvia 29/10/2012)


 

10/29/2012

Vivir del vivir no del durar


De vivir del vivir
no del durar

El milagro del tiempo

nacimiento en manantial.
Morder la vida

su piel Suave
sorber de la sangre

la esperanza
atizar  en su fuego

el calor de la inocencia
y la fuerza.

Hombre, mujer mortales
desde los comienzos

y siempre mañana.
Lejos la limitada vida

que junta y separa.
El hoy es eterno deseo

murmuro interior
añejo, viajero y va lejos.

Brota multicolor
arcoíris en flor

luz de agua y de océano
playa astral de los ojos

estrellas del cuerpo.
La ilusión nace y anida

no se niega, está
y crece en lo profundo del ser.

Su reverso acecha,
emerge como humo

torciendo hasta la piel
a la superficie del cuerpo
la carne en el vientre,
atormenta el pensamiento.
En ambos siente el hombre
que da demadio
y requiere lo imposible.
Escuchar eso, sin miedo
hasta llegar hondo
al lo más hondo
si se quiere
vivir del vivir
no del durar.



10/21/2012

A mi hija


I

Mi hija tiene cuatro años y medio. Su cuerpo está alzado hasta la cintura sobre la mesa de fórmica de la cocina. Su codo derecho apoya en la mesa y su mano reposa su cabeza. Con la otra mano dibuja en un papel líneas rojas, amarillas, negras, azules y más colores. Deja blancos. Muchos. Está confundida.

II

Mi hija no dibuja. Traza gruesas líneas. Se le rompen las puntas. Puntas rotas se desparraman sobre el papel, sobre la mesa. No domina su fuerza sobre el papel. Es ese día. Tiene menos de cuatro años y medio. Su país está en guerra.

III

Las bombas de colores estallan sobre el papel. Se elevan montículos de tierra marrón, negra, verde. No hay flores. Los rojos no son. No hay un ser en la hoja. La tierra los entierra. Vivos, muertos. Quedan menos blancos. El papel se llena de tierra abierta. Las esquirlas puntiagudas cubren su mano. No se limpia.

 
IIII (por el alto reloj péndulo de mi abuelo, por el reloj de barco que Judith encontró)

 
La guerra es crimen. La guerra de Resistencia de mi padre. La guerra esa. Ese día.

V

Recuerdo ese día hoy. Otra vida. De vidas que hicieron mi vida. Cada día despierto a la vida. Cada día muero. Un día no voy a nacer. Hoy no. Morir sí. Mañana no sé. Lo sé. Vivir veintitrés horas cincuenta y ocho segundos, y dos segundos morir. Morir es entrar. Un pasaje. El sueño ya es nacer, viajar en mí; ver lo verdadero, los ojos cerrados, velado una vez abiertos. Morir será morir. Un segundo.

VI

Esas cosas no se dicen. Se escriben. O no se escriben nunca. La memoria. Y otras cosas. No escribir. Sufrir ausencia de sí. Definitiva. Para los que amo. Que están, que no están.

 
VII

Mi hija sabe eso. La miré dibujar la guerra en la mesa de fórmica de color blanco de la cocina sobre un papel blanco. La tierra rota multicolor. Las esquirlas de oro, plata, rojas sobre la hoja, la mesa y su mano. No quedaron blancos. El negro sobre el azul, el cielo. Fue ese día. No, no estaba confundida.

10/13/2012

EL ALJIBE (MADRE II)


Llevaste el cuerpo en brazos junto el aljibe, lo dejaste sobre el brocal de piedra granítica entelado de rocío. Una manito tocaba el "sunya".

¿Esperabas que se moviera? ¿Se cayera metros, blanco paquete enpapelado, perdiendo hojas por el vacío circular? ¿Rompiera el cristal de agua? ¿Se sumergiera hasta desaparecer en la limpidez profunda de tu desamor?

Sobre el brocal de piedra helada, húmeda, el cuerpo quedó, inflexible. Vos miraste arriba el viento del norte, iba a traer agua, más arriba el cielo cubierto de tu noche negra.

Luego el techo de madera del aljibe atrajo tu mirada, debajo la cadena de hierro enrollada en el tronco liso de madera. Golgaba unos eslabones de hierro, en el último, un gancho fuerte de acero. Miraste el balde colgado, vacío. Apenas se balanceaba, silencioso, encima del abismo, esperandome.

¿Tuviste piedad, cuando tus ojos azules y duros de odio se clavaron en la cuna de metal? Pensaste, sí, en llenarlo con el cuerpo, para evitarle la caída libre. No, que grite.

Sobre la piedra gélida el cuerpo no se movió. Sí, madre, soy malo. No colaboro, no te ayudo, sólo esa manito en el "vacío", ni esa mínima inclinación que me pedías.

¿Rezaste? Es bueno pedir ayuda. Luego perdón.

Levantás el cuerpo. Lo depositás en el balde. Destrabás el gancho de hierro de la manivela. Empezás a desenrollar la cadena. Lentamente.

Cuánto tiempo duró.

La cadena hizo un ruido, un quejido continuo. Lloraba el hiero cerca de tu brazo. Tu brazo mandaba el movimiento y el llanto. Qué este no despertará al pueblo. A tres metros está la iglesia, muda. Ni rezaste.

¿Te imaginás, madre?
No lo hiciste.

Entreabrí los ojos. Por esa rendija te vi inclinada sobre las profundidades.
¿Viste el rostro de un monstruo en el cristal abajo?

Alzaste el cuerpo frio del brocal de piedra circular y granítica. ¡Lo que te perdiste! Le faltaba poco para que ese cuerpo se congelase. Cruzaste la plaza, la calle. Entramos a la casa. Eran las cinco. Te apuró el alba. No, el espanto, o tuviste frío.







 

10/10/2012

Homenaje a Judith

En homenaje a Judith Müller de Le Gal,a tres años de su fallecimiento, el 10 de octubre de 2009.

 
          Era viernes 7 de diciembre de 2012 a la mañana, cerca de la diez y el calor ya se hacía sentir. Mónica estaba mirando televisión en la sala comedor mientras terminaba de poner en limpio un trabajo de la facultad para el lunes porque inmediatamente después venían los exámenes con lo cual sus actividades universitarias estarían terminadas antes de navidad. en verdad sólo escuchaba distraídamente la televisión que tenía encendida de fondo porque se encontraba sola en la casa. Era un programa acerca de la comunidad árabe, informaciones y música de Siria y del Líbano. En un momento se distrajo de todo, de sus estudios y de lo que comentaba la locutora. Fue en un instante y su mirada se inmovilizó en la foto del portarretrato apoyado sobre el televisor. Era la foto de su padre. Había sido marmolero de monumentos fúnebres, como su propio padre, como su abuelo. La familia seguía teniendo el negocio frente a la puerta de la entrada nueva del cementerio de La Tablada, y a unos trescientos metros de donde Mónica estaba en ese momento y donde vivía con su hermano mayor y su madre que juntos dirigían hora la marmolería. Ella había retomado los estudios de derecho después de la interrupción de casi tres años por la enfermedad de su padre. Pasaron largos minutos en los que se quedó atrapada en la mirada apacible de su padre, aunque envejecida por los años de tragar polvo de mármol por la boca y la nariz; pero en la foto se detuvo en los ojos cansados de su padre. De pronto se levantó molesta por el calor que aumentaba en la sala, fue hasta la ventana, la abrió de par en par para crear una corriente con la puerta y la ventana abiertas de la cocina que daba al pequeño patio trasero.

          Fue cuando estaba apoyando la segunda hoja contra la pared que vio al hombre  reflejado en el vidrio  en la vereda. Se sostenía con la mano derecha al palo de hierro del toldo de la tienda de frutas y verduras, en su mano izquierda pendía un ramo de rosas envuelto en papel celofán blanco atado con una cinta roja. Mónica se quedó inmóvil mirando al hombre también inmóvil y como encerrado en una celda por las rejas reflejadas de la ventana, "cansado, agobiado” pensó la chica con sus veintisiete años. Y el hombre que no se movía; a ella le pareció que no se movería más. Le daba unos diez años más que a su padre, “quizás un par de años menos si le saco el cansancio”. Sintió la necesidad de hacer algo. Agarró la escoba y salió a la vereda. Fingió barrer delante de la casa. Primero del lado más alejado del hombre, para que no se diera cuenta que ella lo observaba. Barrió toda la vereda del frente, que su madre ya había limpiado temprano a la mañana, luego se quedó apoyada con las dos manos sobre el mango con la escoba posada en una baldosa, miró al hombre y le dijo:
  − ¿Está esperando a alguien, señor?” −  Enseguida le pareció tonta su pregunta porque era evidente que el hombre estaba como descompuesto o perturbado. La miró sin contestar, con la mirada perdida. Después de unos largos segundos, ella arriesgó:
− Si va al cementerio, está derecho. Se ve la entrada desde acá.
Como tenía flores en la mano, Mónica se sintió más satisfecha con esa reflexión. El hombre la miró otra vez, hizo un gesto de levantar apenas el ramo de rosas y susurró algo inaudible,entonces él repitió más alto:
− No puedo ir.
Ella escuchó claramente, era como si hubiera sacado fuerzas desde una confianza que su presencia le había insuflado, lo veía en su mirada cambiada.
− No puedo ir − dijo por tercera vez, como resignado.
− ¿Está cansado? ¿quiere sentarse unos minutos? – le dijo mostrándole la silla de su padre contra la pared. Era todavía la silla de su padre aunque la usaba su hermano ahora. El hombre se acercó, se sentó y se quedó unos segundos mirando fijo a la joven:
− No puedo ir – dijo, con voz más tranquila. Mónica no sabía si eran los ojos del hombre o los de ella los que se llenaban de lágrimas. Miraba al hombre en la silla de su padre. Un silencio más largo se instaló entre los dos. El sol estaba culminando su recorrido ascendente en el cielo y pegaba fuerte,también el calor ardía y subía desde las baldosas. A él lo paralizaba algún dolor que ella no llegaba a identificar pero sentía que le recorría todo el cuerpo. Y a ella, en ese silencio, con la pena del hombre sentado ahí, le venían recuerdos fugases  de su padre en su silla.
−Que no viva, no lo puedo soportar − dijo el hombre de golpe y agregó calmado, resignado − No puedo ir.
A Mónica le pareció que no volvería a pronunciarlo más. Siguió otro silencio, hasta que él retomó en voz alta sus pensamientos, recuerdos de hacía unos pocos años pensó Mónica por la desesperación que cargaban esas palabras.
− Cuando falleció mi mujer, el 10 de octubre, hace poco más de tres años – dijo tomando aire después de cada detalle que agregaba – no se podían pronunciar rezos. Aunque nuestra familia no es creyente, mis hijos querían leer el Kadish para su madre. No se permitía decir nada ese día. Para esa fecha, nunca está permitido ir al cementerio, está cerrado, coincide siempre con alguna celebración religiosa.
Mónica lo escuchaba, emocionada, pero de pronto se dio cuenta de que el hombre apretaba un papel entre su pulgar y el ramo de flores. Vio unas letras y unos números y comprendió que el papel tenía escrito la ubicación de la sepultura adonde ya el hombre no podía llegar.
− Descanse, señor. Yo le llevo las flores −le dijo acercándose con decisión como si se tratara de su propio padre − conozco el cementerio, mi padre trabajó ahí toda su vida.
Agarró el ramo y el papel que el hombre sostenía en una mano, cerró la puerta de la casa con llave y, con paso firme tomó el camino hacia el cementerio, sin darse vuelta ni una vez hacia el hombre, dejándolo sin tiempo para reaccionar, sentado en la silla.

          Luego de atravesar el salón de entrada del cementerio lleno de gente convocada por algún entierro, Mónica encontró fácilmente el sendero que la llevaba al sector indicado. Hacia cerca del muro límite, enseguida dio con la sepultura situada a unos metros a la izquierda del camino. Una vez en frente a la tumba miró primero el nombre, luego el apellido, el día de nacimiento, el 7 de diciembre, el año del fallecimiento, “hubiera cumplido sesenta años hoy”, pensó. Retiró el papel que envolvía el ramo de flores y dispuso las rosas rojas y de tallos verdes y fuertes sobre la lápida entre las piedras que los familiares y amigos dejan como símbolo de un pensamiento para la persona fallecida. Las dispuso en semicírculo. Una docena le pareció que había. Por último, colocó una piedra para el hombre. La había tomado de una vasija dispuesta para los visitantes en un cruce de caminos. Se quedó todavía unos minutos, pensó en la mujer fallecida, pensó en el hombre, pensó en su padre. Pronunció para el hombre el nombre de la mujer, luego para ella, porque estaba confundida, el nombre de su padre. Levantó la cabeza, suspiró profundo y se alejó lentamente entre las tumbas hacia el sendero principal bordeado a un costado por árboles llenos de flores rojas. La quietud del aire en el calor abrasador le trajo la voz y la música chillonas de una publicidad por los altoparlantes en el techo de un coche, desde lejos a su izquierda,  “por Boulogne sur Mer”, pensó mientras caminaba hacia la salida.
          Después de cruzar la segunda calle vió en la vereda de su casa que la silla de su padre estaba vacía.


 

10/09/2012

El canto canta


El canto canta. No cesa. Es continuo el canto del pájaro en la noche frágil que aún respira quieta, en su oscuridad profunda. Pero si el canto canta es que la hora se aproxima.
El silencio y yo, sentados en el puente de proa. El en su silla de mimbre y hiero, yo en otra igual con almohadón color sabayón. Tomamos té de jazmín con macarrones.

No hay horizonte por encima del borde blanco de la embarcación. Ni una luz de faro. El cielo y el mar, a estribor, a babor, forman una inmensidad. Dos párpados cubriendo mis ojos. Tan lejos no ven mis ojos donde se unen el cielo y el mar.
El canto canta. No cesa. El silencio manda que siga el cantar del astro. Recibo el oleaje del canto que sube y baja en mi cuerpo desde algún lugar del cielo y del mar. No sé. El silencio sabe y calla. El enfrente sonríe, adelanta la hora para mi nuevo día. Volvió azul oscuro la noche negra y ella es toda tempestad muda. No es el mar que me salpica por la borda en los ojos. Bajas estrellas al mar de mi pena. Se abre el cielo, se abre el mar, de par en par. Aparece el horizonte.

¿Ya te vas? En tu andar mi traición. Esta noche moriré. Si mañana despierto, habrás estado en el puente. No podré llegar. No soy viejo pero ya no puedo. Si viviera ella, no estarías presente, presente y sangre. Dime, ahora que tú y yo no somos uno, ¿Cuándo? ¿Dónde mañana me encontrarás? Dame señas en mi sueño de camarote.



10/06/2012

Son de sable

Le poète s'est brûlé pour un mot d'elle
pour un mot son de sable
sous les ondulations de sa main vague
Coloris sont frontières
La baigneuse
la tête enfilée dans un ruban de soir bleu
ses cheveux sont des feux sous la cendre

(1970)

Surgiendo de la sombra

Surgiendo de la sombra
¿sabe su destino
el insecto helado
acercandose
a la claridad?
¿que la luz
a tracción delatera, trasera
atracción circular
lo va a matar?

Entonces
se mata.



10/02/2012

Ausencia


Si la vida
es sufrir
¿Para qué la vida?
La ausencia
toda, llena
la soledad

la ausencia

un instante
lo que queda 
de una voz
de una mano

que llama, pide, da
que reposa cerca
Si la vida
es sufrir
¿Para qué la vida?


 

9/26/2012

el lapacho más viejo


Floreció el lapacho. En su parque pequeño su vestido rosa. Una reja negra y alta montada sobre una pared baja de cemento, sucia, lo cobijan.  Al pie de su tronco, un césped cortado corto, vacío, triste. Dos bancos de piedra, distantes uno del otro, vacíos, tristes. Solo uno. Solo el otro.
Pero el lapacho floreció. El lapacho viejo remendó su vestido . Todo de  rosa vestido está. Unos metros alejado de la ochava del edificio le da el sol de este mediodía, tomó el agua de lluvia de la noche de ayer.

Floreció el lapacho. Es el más viejo de mi ciudad. No el primero. No el único, hay muchos. Es el más viejo. El año pasado le costó vestirse de rosa. No pudo. Daba pena con su vestido.
 El lapacho floreció. La primavera fresca, soleada, festeja  Se lo ve de lejos viniendo por Figuero Alcorta. . Se eleva encima de la reja. Cruza la vereda hasta el borde. Levanta alto sus ramas cubiertas de su vestido rosa. Es ahora. Un año más para el viejo lapacho, y yo.

Floreció el lapacho. Los coches salen despacio de la estación de servicio para miran su vestido rosa. El semáforo está en rojo del otro lado, en la rotonda de  Ramón Castillo. El coche se detiene. La joven al volante habla por su celular. Habla de amor y mira el vestido rosa.
Floreció el lapacho. El es un lapacho viejo, su tronco negro, arrugado, cansado de lluvias y soles. Me mira. Sabe. Llora unas gotas de la llovizna de ayer. Sabe que yo, ni joven ni viejo, capaz que me vaya primero.


 

9/25/2012

Madre I


I
Tantos años sin vos
No sé si recuerdo tu voz

II
Abrieron, miraron, cerraron. No hay esperanza, dijo una voz en el teléfono
Mujer, se va mi madre. Crucé arriba el océano

III
Después de la sala veintisiete, entonces mi edad,
Sala cincuenta y cuatro, tu edad. Para vos no hay piedad.

Mi padre y yo día y noche contigo
Con él su silencio, yo te acosé con el pasado

Tu y yo, madre, te acordás, me odiaste por no ser niña
Renací siempre niño, sin vos, cada día, pibe, rebelde luego, lejos de vos, hombre, cada día

Tu dios no existe, yo lo vi. Últimas palabras, madre:
Vos y yo, pronto, en la nada. Hasta allí te amaré.

IIII
Qué lindo sol, qué linda mañana, dijiste

Abrí la ventana de par en par, me miraste, sonreíste
Por última, por primera vez fue. Paz muda.
 
Entró la enfermera alertada por un bip largo, cerró tus ojos y dijo se fue

Miré afuera con tus ojos azul claros, sentí el fresco
de tu piel en mi piel, te alejabas para siempre. El sol estaba discreto


9/24/2012

Corre sangre mía


Corre sangre mía
que no puede correr en ella.
Corre pena, en mí,
precipicio, torrente.
Corre vida mía
que no puede, no puede en ella.
Sin pena, en mí
¡Qué lección última!
dejó su sonrisa
Todo desaparece. Todo.
Ya sé, no te gusta. Eras vida.
Es mi pena que me camina.

Dame tiempo, cumplir tu deseo:
Qué corra mi sangre, qué corra mi vida.


 

9/21/2012

Au revoir les enfants

Au revoir les enfants

Ce jour noyade des étoiles
abîmes des cauchemars

Ces pages de granite
me révêlent une géographie légendaire

Les regards inquisiteurs
Couvrent la lumière des fenêtres

Les heures enfermées
dans l'horloge sans serrure
me serrent au cou

L'absurde raison des chapelles
a brisé les frais désirs

Les balles tracent des chaînes
entre mes pieds enlacés

Au fond du ravin
passe un train fantôme

Au revoir les enfants
Ce jour est le terme d'un long voyage

(1970)


9/18/2012

De agua y de vinos


          Esta noche, algo, alguien, eran varias, me taladraron el sueño. Fue durante la vigilia, ese momento en que uno no está dormido y tampoco despierto del todo. Las primeras que vi (¡ay picarones!, ya se en que están pensando) las primeras que entraron, fueron dos, tenían puesto antifaz como los ladrones de bancos al penetrar en la sala del tesoro, pero a una se le salió el elástico del lado izquierda, era la j minúscula (claro, Uds vieron alguna vez una j, minúscula o mayúscula, sin orejas intentando ponerse un antifaz? Bueno, yo sí) Pero ya conocía esa banda y no tuve ninguna dificultad para identificar a cada uno aún con antifaz, porque eran muchas.
          Pero, primero entraron la j y la L, que tienen su parecido: la mecha, la primera tiene el filo muy fino, para abrir el agujero, la segunda más grueso para terminar de agrandar y hacer un boquete, unas mechas ideales para horadar huesos, hasta de los más duros como los huesos bretones, (¿Uds. conocen huesos más duros que los de un bretón? Yo no). Es decir que, volviendo a nuestras... ¿ladronas?, "estaban bien informadas", hubiera dicho Watson si lo hubieran llamado para examinar unas esquirlas recogidas en las grietas de ese brillante cerebro.
          El silencio absoluto de la ciudad que rodeaba en ese momento el patio de mi casa al que da mi cuarto me indicó que era bien de noche; no abrí un ojo afuera, haciendome el dormido; sí adentro, los dos. Intente hacerme el distraído, pero ya estaba la Y y la J mayúscula. Es que las mayúsculas tienen un mecha de mayor tamaño y pongase en mi lugar de intentar hacerse el dormido, por un lado, con por lo menos cuatro taladros ¡perforando nada menos que el cráneo!. Desplegaron un mapa, un plano, dibujado y escrito a lápiz, por eso entraron directo en la región de Bormann, eran expertos, conocían el lenguaje, la jerga, sospecho que eran multilingüe porque además me tomaron de shlimazel, y shlimil que es peor aun, un concepto que no existe en ningún otro idioma y no me pidan traducción porque estoy muy ataladrado en ese momento, confío en que Uds lo comprenderán. Pero ellas hacían tanto bochinche que sospeche que tenían apoyo externo y en ese momento sentí que mis pocos pelos en la superficie se movieron como electrizados. En efecto, estaban la T y la P taladrando para agrandar el agujero mientras la S y la C esperaban para entrar una vez que el orificio estuvies lo suficiete para que ellas pudieran pasar con el bolso que tenían enganchado y que contenían el resto de las letras. Ahora recuerdo el nombre de la banda: El Alfa Beto. Me da escalo frío.
           Una vez todos adentro, y que la S y la C vaciaron sus bolsos, se pusieron a hablar todas a la vez, con excepción de la F que me tenía amenazado. En la banda le decían "mitralleta".
          De pronto se hizo el silencio y un cuarteron, compuesto por las j e f y la A, se adelantó al grupo y me ordenó en letras de oro:
« Désormais, les mots qui terminent en "eau" font leur pluriel en "vins"
y desaparecieron tan pronto se apaga un relámpago. Sólo la E se quedó atrás unos segundos para peinar los tres pelitos y asi borrar todo rastro del boquete en la superficie de mi cráneo.

 1 -« De ahora en más, las palabras qui teminan en “eau”(palabra francesa:"agua" y terminación de palabras) hacen su plural en “vins”(palabra francesa: "vinos"). Esa regla nueva que propongo no echa a perder el vino, vale también para los borrachos que no la saben y por eso no dudan entre vino y agua, toman vino, eso sí, sin arrepentimiento y tienen razón, razón de borrachos, porque el arrepentimiento y el agua no quedan bien con el vino. Qué me disculpen los borrachos por la precisión no bien "vinida" y sigan tomando. ¡Salud!).

2 - Acerca de este cuentito: me desvelé realmente con la frase en francés en la cabeza antes que cantara mi amigo el zorzal del otro lado del muro de mi patio. Acto seguido, con los ojos que no se querían abrir, empecé a tejer la historia. Me divertí. Más tarde la escrbí. Espero que Uds también al leerla se diviertan, de eso se trata.