I
Mi hija tiene cuatro años y medio. Su cuerpo está alzado hasta la cintura sobre la mesa de fórmica de la cocina. Su codo derecho apoya en la mesa y su mano reposa su cabeza. Con la otra mano dibuja en un papel líneas rojas, amarillas, negras, azules y más colores. Deja blancos. Muchos. Está confundida.
II
Mi hija no dibuja. Traza gruesas líneas. Se le rompen las puntas. Puntas rotas se desparraman sobre el papel, sobre la mesa. No domina su fuerza sobre el papel. Es ese día. Tiene menos de cuatro años y medio. Su país está en guerra.
III
Las bombas de colores estallan sobre el papel. Se elevan montículos de tierra marrón, negra, verde. No hay flores. Los rojos no son. No hay un ser en la hoja. La tierra los entierra. Vivos, muertos. Quedan menos blancos. El papel se llena de tierra abierta. Las esquirlas puntiagudas cubren su mano. No se limpia.
IIII (por el alto reloj péndulo de mi abuelo, por el reloj de barco que Judith encontró)
La guerra es crimen. La guerra de Resistencia de mi padre. La guerra esa. Ese día.
V
Recuerdo ese día hoy. Otra vida. De vidas que hicieron mi vida. Cada día despierto a la vida. Cada día muero. Un día no voy a nacer. Hoy no. Morir sí. Mañana no sé. Lo sé. Vivir veintitrés horas cincuenta y ocho segundos, y dos segundos morir. Morir es entrar. Un pasaje. El sueño ya es nacer, viajar en mí; ver lo verdadero, los ojos cerrados, velado una vez abiertos. Morir será morir. Un segundo.
VI
Esas cosas no se dicen. Se escriben. O no se escriben nunca. La memoria. Y otras cosas. No escribir. Sufrir ausencia de sí. Definitiva. Para los que amo. Que están, que no están.
VII
Mi hija sabe eso. La miré dibujar la guerra en la mesa de fórmica de color blanco de la cocina sobre un papel blanco. La tierra rota multicolor. Las esquirlas de oro, plata, rojas sobre la hoja, la mesa y su mano. No quedaron blancos. El negro sobre el azul, el cielo. Fue ese día. No, no estaba confundida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario