Fue cuando estaba apoyando la segunda hoja contra la pared que
vio al hombre reflejado en el vidrio en la vereda. Se sostenía con la mano
derecha al palo de hierro del toldo de la tienda de frutas y verduras, en su
mano izquierda pendía un ramo de rosas envuelto en papel celofán blanco atado
con una cinta roja. Mónica se quedó inmóvil mirando al hombre
también inmóvil y como encerrado en una celda por las rejas reflejadas de la ventana, "cansado, agobiado” pensó la chica con sus veintisiete años.
Y el hombre que no se movía; a ella le pareció que no se movería más. Le
daba unos diez años más que a su padre, “quizás un par de años menos si le saco
el cansancio”. Sintió la necesidad de hacer algo. Agarró la escoba y
salió a la vereda. Fingió barrer delante de la casa. Primero del lado más
alejado del hombre, para que no se diera cuenta que ella lo observaba. Barrió
toda la vereda del frente, que su madre ya había limpiado temprano a la mañana,
luego se quedó apoyada con las dos manos sobre el mango con la escoba posada en
una baldosa, miró al hombre y le dijo:
−
¿Está esperando a alguien, señor?” − Enseguida le pareció tonta su pregunta porque
era evidente que el hombre estaba como descompuesto o perturbado. La
miró sin contestar, con la mirada perdida. Después de unos largos segundos,
ella arriesgó:
− Si va al cementerio, está derecho. Se ve la entrada desde acá.
Como tenía flores en la mano, Mónica se sintió más satisfecha con esa reflexión. El hombre la miró otra vez, hizo un gesto de levantar apenas el ramo de rosas y susurró algo inaudible,entonces él repitió más alto:
− No puedo ir.
Ella escuchó claramente, era como si hubiera sacado fuerzas desde una confianza que su presencia le había insuflado, lo veía en su mirada cambiada.
− No puedo ir − dijo por tercera vez, como resignado.
− ¿Está cansado? ¿quiere sentarse unos minutos? – le dijo mostrándole la silla de su padre contra la pared. Era todavía la silla de su padre aunque la usaba su hermano ahora. El hombre se acercó, se sentó y se quedó unos segundos mirando fijo a la joven:
− No puedo ir – dijo, con voz más tranquila. Mónica no sabía si eran los ojos del hombre o los de ella los que se llenaban de lágrimas. Miraba al hombre en la silla de su padre. Un silencio más largo se instaló entre los dos. El sol estaba culminando su recorrido ascendente en el cielo y pegaba fuerte,también el calor ardía y subía desde las baldosas. A él lo paralizaba algún dolor que ella no llegaba a identificar pero sentía que le recorría todo el cuerpo. Y a ella, en ese silencio, con la pena del hombre sentado ahí, le venían recuerdos fugases de su padre en su silla.
−Que no viva, no lo puedo soportar − dijo el hombre de golpe y agregó calmado, resignado − No puedo ir.
A Mónica le pareció que no volvería a pronunciarlo más. Siguió otro silencio, hasta que él retomó en voz alta sus pensamientos, recuerdos de hacía unos pocos años pensó Mónica por la desesperación que cargaban esas palabras.
− Cuando falleció mi mujer, el 10 de octubre, hace poco más de tres años – dijo tomando aire después de cada detalle que agregaba – no se podían pronunciar rezos. Aunque nuestra familia no es creyente, mis hijos querían leer el Kadish para su madre. No se permitía decir nada ese día. Para esa fecha, nunca está permitido ir al cementerio, está cerrado, coincide siempre con alguna celebración religiosa.
Mónica lo escuchaba, emocionada, pero de pronto se dio cuenta de que el hombre apretaba un papel entre su pulgar y el ramo de flores. Vio unas letras y unos números y comprendió que el papel tenía escrito la ubicación de la sepultura adonde ya el hombre no podía llegar.
− Descanse, señor. Yo le llevo las flores −le dijo acercándose con decisión como si se tratara de su propio padre − conozco el cementerio, mi padre trabajó ahí toda su vida.
Agarró el ramo y el papel que el hombre sostenía en una mano, cerró la puerta de la casa con llave y, con paso firme tomó el camino hacia el cementerio, sin darse vuelta ni una vez hacia el hombre, dejándolo sin tiempo para reaccionar, sentado en la silla.
Luego de atravesar el salón de entrada del cementerio lleno de gente convocada por algún entierro, Mónica encontró fácilmente el sendero que la llevaba al sector indicado. Hacia cerca del muro límite, enseguida dio con la sepultura situada a unos metros a la izquierda del camino. Una vez en frente a la tumba miró primero el nombre, luego el apellido, el día de nacimiento, el 7 de diciembre, el año del fallecimiento, “hubiera cumplido sesenta años hoy”, pensó. Retiró el papel que envolvía el ramo de flores y dispuso las rosas rojas y de tallos verdes y fuertes sobre la lápida entre las piedras que los familiares y amigos dejan como símbolo de un pensamiento para la persona fallecida. Las dispuso en semicírculo. Una docena le pareció que había. Por último, colocó una piedra para el hombre. La había tomado de una vasija dispuesta para los visitantes en un cruce de caminos. Se quedó todavía unos minutos, pensó en la mujer fallecida, pensó en el hombre, pensó en su padre. Pronunció para el hombre el nombre de la mujer, luego para ella, porque estaba confundida, el nombre de su padre. Levantó la cabeza, suspiró profundo y se alejó lentamente entre las tumbas hacia el sendero principal bordeado a un costado por árboles llenos de flores rojas. La quietud del aire en el calor abrasador le trajo la voz y la música chillonas de una publicidad por los altoparlantes en el techo de un coche, desde lejos a su izquierda, “por Boulogne sur Mer”, pensó mientras caminaba hacia la salida.
Después de cruzar la segunda calle vió en la vereda de su casa que la silla de su padre estaba vacía.
− Si va al cementerio, está derecho. Se ve la entrada desde acá.
Como tenía flores en la mano, Mónica se sintió más satisfecha con esa reflexión. El hombre la miró otra vez, hizo un gesto de levantar apenas el ramo de rosas y susurró algo inaudible,entonces él repitió más alto:
− No puedo ir.
Ella escuchó claramente, era como si hubiera sacado fuerzas desde una confianza que su presencia le había insuflado, lo veía en su mirada cambiada.
− No puedo ir − dijo por tercera vez, como resignado.
− ¿Está cansado? ¿quiere sentarse unos minutos? – le dijo mostrándole la silla de su padre contra la pared. Era todavía la silla de su padre aunque la usaba su hermano ahora. El hombre se acercó, se sentó y se quedó unos segundos mirando fijo a la joven:
− No puedo ir – dijo, con voz más tranquila. Mónica no sabía si eran los ojos del hombre o los de ella los que se llenaban de lágrimas. Miraba al hombre en la silla de su padre. Un silencio más largo se instaló entre los dos. El sol estaba culminando su recorrido ascendente en el cielo y pegaba fuerte,también el calor ardía y subía desde las baldosas. A él lo paralizaba algún dolor que ella no llegaba a identificar pero sentía que le recorría todo el cuerpo. Y a ella, en ese silencio, con la pena del hombre sentado ahí, le venían recuerdos fugases de su padre en su silla.
−Que no viva, no lo puedo soportar − dijo el hombre de golpe y agregó calmado, resignado − No puedo ir.
A Mónica le pareció que no volvería a pronunciarlo más. Siguió otro silencio, hasta que él retomó en voz alta sus pensamientos, recuerdos de hacía unos pocos años pensó Mónica por la desesperación que cargaban esas palabras.
− Cuando falleció mi mujer, el 10 de octubre, hace poco más de tres años – dijo tomando aire después de cada detalle que agregaba – no se podían pronunciar rezos. Aunque nuestra familia no es creyente, mis hijos querían leer el Kadish para su madre. No se permitía decir nada ese día. Para esa fecha, nunca está permitido ir al cementerio, está cerrado, coincide siempre con alguna celebración religiosa.
Mónica lo escuchaba, emocionada, pero de pronto se dio cuenta de que el hombre apretaba un papel entre su pulgar y el ramo de flores. Vio unas letras y unos números y comprendió que el papel tenía escrito la ubicación de la sepultura adonde ya el hombre no podía llegar.
− Descanse, señor. Yo le llevo las flores −le dijo acercándose con decisión como si se tratara de su propio padre − conozco el cementerio, mi padre trabajó ahí toda su vida.
Agarró el ramo y el papel que el hombre sostenía en una mano, cerró la puerta de la casa con llave y, con paso firme tomó el camino hacia el cementerio, sin darse vuelta ni una vez hacia el hombre, dejándolo sin tiempo para reaccionar, sentado en la silla.
Luego de atravesar el salón de entrada del cementerio lleno de gente convocada por algún entierro, Mónica encontró fácilmente el sendero que la llevaba al sector indicado. Hacia cerca del muro límite, enseguida dio con la sepultura situada a unos metros a la izquierda del camino. Una vez en frente a la tumba miró primero el nombre, luego el apellido, el día de nacimiento, el 7 de diciembre, el año del fallecimiento, “hubiera cumplido sesenta años hoy”, pensó. Retiró el papel que envolvía el ramo de flores y dispuso las rosas rojas y de tallos verdes y fuertes sobre la lápida entre las piedras que los familiares y amigos dejan como símbolo de un pensamiento para la persona fallecida. Las dispuso en semicírculo. Una docena le pareció que había. Por último, colocó una piedra para el hombre. La había tomado de una vasija dispuesta para los visitantes en un cruce de caminos. Se quedó todavía unos minutos, pensó en la mujer fallecida, pensó en el hombre, pensó en su padre. Pronunció para el hombre el nombre de la mujer, luego para ella, porque estaba confundida, el nombre de su padre. Levantó la cabeza, suspiró profundo y se alejó lentamente entre las tumbas hacia el sendero principal bordeado a un costado por árboles llenos de flores rojas. La quietud del aire en el calor abrasador le trajo la voz y la música chillonas de una publicidad por los altoparlantes en el techo de un coche, desde lejos a su izquierda, “por Boulogne sur Mer”, pensó mientras caminaba hacia la salida.
Después de cruzar la segunda calle vió en la vereda de su casa que la silla de su padre estaba vacía.
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