El canto canta. No cesa. Es continuo el canto del pájaro en la noche
frágil que aún respira quieta, en su oscuridad profunda. Pero si el canto canta
es que la hora se aproxima.
El silencio y yo, sentados en el puente de proa. El en su
silla de mimbre y hiero, yo en otra igual con almohadón color sabayón. Tomamos
té de jazmín con macarrones.
No hay horizonte por encima del borde blanco de la embarcación. Ni una
luz de faro. El cielo y el mar, a estribor, a babor, forman una inmensidad. Dos
párpados cubriendo mis ojos. Tan lejos no ven mis ojos donde se unen
el cielo y el mar.
El canto canta. No cesa. El silencio manda que siga
el cantar del astro. Recibo el oleaje del canto que sube y baja en mi cuerpo
desde algún lugar del cielo y del mar. No sé. El silencio sabe y calla. El
enfrente sonríe, adelanta la hora para mi nuevo día. Volvió azul oscuro la
noche negra y ella es toda tempestad muda. No es el mar que me salpica por la borda
en los ojos. Bajas estrellas al mar de mi pena. Se abre el cielo, se abre el
mar, de par en par. Aparece el horizonte.¿Ya te vas? En tu andar mi traición. Esta noche moriré. Si mañana despierto, habrás estado en el puente. No podré llegar. No soy viejo pero ya no puedo. Si viviera ella, no estarías presente, presente y sangre. Dime, ahora que tú y yo no somos uno, ¿Cuándo? ¿Dónde mañana me encontrarás? Dame señas en mi sueño de camarote.
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