Floreció el
lapacho. En su parque pequeño su vestido rosa. Una reja negra y alta montada
sobre una pared baja de cemento, sucia, lo cobijan. Al pie de su tronco, un césped cortado corto,
vacío, triste. Dos bancos de piedra, distantes uno del otro, vacíos, tristes. Solo uno. Solo el otro.
Pero el lapacho
floreció. El lapacho viejo remendó su vestido . Todo de rosa vestido está. Unos metros alejado de la
ochava del edificio le da el sol de este mediodía, tomó el agua de lluvia de la
noche de ayer.
Floreció el
lapacho. Es el
más viejo de mi ciudad. No el primero. No el único, hay muchos. Es el más
viejo. El año pasado le costó vestirse de rosa. No pudo. Daba pena con su vestido.
El lapacho
floreció. La primavera fresca, soleada, festeja Se lo ve de lejos viniendo por Figuero Alcorta. . Se eleva encima de la reja. Cruza la vereda hasta el
borde. Levanta alto sus ramas cubiertas de su vestido rosa. Es ahora. Un año más para el viejo lapacho, y yo.
Floreció el
lapacho. Los coches salen despacio de la estación de servicio para miran su vestido rosa.
El semáforo está en rojo del otro lado, en la rotonda de Ramón Castillo. El coche se detiene. La joven al volante habla por su celular. Habla de amor y mira el vestido rosa.
Floreció el lapacho. El es un lapacho
viejo, su tronco negro, arrugado, cansado de lluvias y soles. Me mira. Sabe. Llora unas gotas de la llovizna de ayer. Sabe que yo, ni joven ni viejo, capaz que me vaya primero.
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