Con la mano izquierda me agarro a un gancho que cuelga bailando y miro afuera. La avenida Las Heras corre en zigzag bajo las ruedas del colectivo. Frenadas, bocinazos, paradas, puteadas que se prolongan entre dos pasajeros y el chofer, sonrisas cómplices e irónicas entre pasajeros que presencian la lección de filosofía nuestra, porteña. Unas voces se elevan, alumnos que se rebelan desde distintos asientos en el aula contra el maestro que conduce y sus dos epígonos.
Me aíslo de esa algarada colectiva. Otra filosofía, nada más. El semáforo está en rojo. Imponente en mis ojos se eleva el hongo de cemento y vidrio de la biblioteca nacional; por la derecha subiendo, luego bajando, Agüero, calle y muelle donde amarrado por la proa se eleva el edificio transatlántico de cinco puentes con balcones de estilo francés. La rotonda da lentas vueltas de carrusel techado de follaje primaveral, da lentas vueltas con sus cochecitos, motos y bicicletas. Galileo sube en diagonal y adoquines a la derecha. Seca la cascada de peldaños donde baja despacio Copérnico; si hay lluvias cae en aguas. Las calles son así, se van y vienen. Te quedas solo o las acompañas. Vos elegís, elijo yo.
Se corre un joven apoyado contra una de las ventanas del colectivo. Es cuando me doy vuelta para reposar la espalda en el lugar dejado libre que me encuentro cara a cara con la señora. Con su mano derecha ha agarrado fuerte el gancho, en la tibieza de mi mano que acaba de soltarlo.
Llamo al silencio entre la señora y yo. ¿Vendrá? Viene. “¿Quién habla, vos o yo?” nos preguntamos uno al otro. Sonrío. La señora desvía la mirada. Sonrío por Ella. La señora no sabe. Ella que añoro hasta extinguirme en el grito de la langosta mientras espera para morir. La señora me mira. ¿Cómo se sigue frente a Ella no agonizándome. “No es lo que ella quiere” me reta el silencio arrojándome el guante y sigue “Si da lo mismo”, me codea, “Habla vos, seguimos siendo uno hasta que vos digas.” Me impaciento, “Bueno, la vamos a llamar la señora, y Ella es ella”.
La señora me mira. Tiene el cabello rubio como lo tenía ella, corte mediano cayendo en mechas rizadas. En el lado derecho, una hebilla perlada sujeta un mechón liso de pelo de oro. Mueve la cabeza y ondula el pelo de ella. Viste elegante la señora, saco negro, y pantalón negro con finas rayas blancas, medias beige claro que se iluminan en un descubierto del empeine, zapatos negros. Es más alta que ella. “¿Y si le sacamos los zapatos negros de tacos gruesos medianamente altos?” Eso no se borra. Ella aparece. Qué no se borre. Temblor en mí. Mueve la cabeza. “¿Quién?” “Cómo si no supieras”: en la nuca el pelo de ella cae sobre el cuello del saco de la señora.
Miro la señora. Ella me pregunta con su mirada fija: “¿qué miras?” Entre la señora y yo ese juego del cual ella que tiene las reglas y calla la respuesta que ensobra en una sonrisa. Ella distrae la mirada de la señora hacia adelante del colectivo. ¿Celosa ella? Me perfila el lado izquierdo de la cara, luego hacia atrás el derecho. Ella sigue el juego. En los párpados de la señora, sus mejillas y sus labios, arrugas nacientes y tenaces. Es natural, el tiempo huella. Sí, huella. Los carros tirados a caballo en el camino de tierra llevan a la casa de mi abuelo. Cada día sucede. Después de mucho pasar los carros, los surcos aparecen. Trazan otro camino, encima del que llegó al mundo hace mucho con tierra lisa de piel de recién nacido. Los carros de grandes ruedas de madera cercados de hiero ya no siguen pasando. Ella caminó alegre entre los surcos profundos del camino de tierra que llevaba a la casa de mi abuelo. No sabrá más; ni de arrugas sabrá. Eso no es natural. Silencio callado, presente y sangre, decime cómo hacés para callarme y que no grite.
En una frenada brusca la señora se tambalea como una hoja que se va a desprender de la rama que la sostiene. Me despego de la ventana. Mi mano se apoya en su mano. Ella se agarra firme en el poste arriba del timbre. “No me pareció que la frenaba daba para tanto” me susurra el silencio. Con el coche detenido la señora recobra su posición erguida.
−Discúlpeme señora. –Me resbalé - le digo a ella
−No es nada, señor. −No seas tonto - me dice ella riéndose y empujándome contra la ventana del colectivo porque me deje caer sobre ella - lo hiciste a propósito.
Montevideo, Santa Fe. El colectivo toma por Cerrito. Cruza Marcelo T. de Alvear. Es un segundo: la señora suelta el gancho, se da vuelta, se escurre despacio entre la gente. “Sentí algo”, anota el silencio, “hondo, oculto. Algo quedado para morirse en tí, ¿una tristeza? Una más, una menos. No volverá”. La señora se detiene cerca de la puerta. Ella me agarra del brazo para retenerme. “Tenemos que bajar” me escucho decirle a ella que me frena: “No es la parada todavía, siempre ansioso, vos, ¿O qué te pasa?” Claro que sabe ella. La señora no. No tiene porqué.
Ahora me acerco a la puerta. La próxima es, tocó el timbre. La señora que todavía no bajó está a mi lado, apenas agachada otea hacia adelante el horizonte cuando pasamos por Córdoba. “¿Busca un edificio, una imagen que recuerde y le indiquen donde bajar? “¿A vos, te parece nerviosa, intranquila?” me interroga una voz silenciosa.
Me bajo antes de llegar a Tucumán. Cruzo la calle y mientras atravieso la explanada de cemento y vidrio sobre el costado del teatro Colón me pregunto si la señora se bajara en la parada siguiente, si entrara por Lavalle al teatro, si la encontraré en el concierto, si...
La busco a ella en la cola que se forma detrás de mí. Ella siempre llega tarde o justo sobre la hora.“Es que sos ansioso” en eco me parece escuchar que me repite ella. “Ella no vendrá. No es ella la que vendrá” ¿Quién me habla?
(03 de octubre 2012)
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