9/02/2012

Sólo tres minutos


Sólo tengo tres minutos... gritó Guido saliendo corriendo del edificio empujando con un fuerte golpe de mano a su perro que le obstaculizaba el paso. Porque sus palabras no iban dirigidas al hombre que jugueteaba con el animal; hacía meses que los dos hombres no se hablaban, ni siquiera se saludaban. Ustedes saben, conflictos de vecinos, sin importancia. El conflicto había empezado, y quién sabe cuando termine, cuando Polo, así era conocido en la cuadra el vecino jugador, con perro por lo visto, no soportó más ver a los dos viejos rotos y sucios inodoros, la viga de hierro y la larga escalera de madera que Guido había amontonado en el pasillo de la planta baja del edificio, en el camino a los garajes, y se quejaba a cada copropietario que encontraba en el ascensor, en reuniones de consorcio, y eso duraba desde hacía qué meses, más de dos años.

...tengo las pastas hirviendo en el agua alcanzó todavía a decir, a su perro por supuesto, Guido ya en medio de la calle y entró corriendo al almacén chino de enfrente. Polo se hacía el desentendido y seguía jugando con el animal pero, como cada vez que se cruzaba con Guido, y en ese momento era realmente el caso, no dejaba de rabiar contra las porquerías que obstaculizaban la entrada a los garajes, en particular el sábado a la mañana cuando su mujer, los chicos y él bajaban cargados de canastos al coche para ir a Brandsen a pasar el fin de semana a la quinta que sus suegros tenían ahí, y peor aún, cuando volvían el domingo a la noche con los chicos dormidos que había que cargar en los hombros y sostener con un brazo, además de los bolsos en las manos.

Acá voy! gritó Guido saliendo corriendo del almacén, pensando así espantar cualquier ser vivo en su camino de regreso; blandía en su mano levantada un saché de queso rallado.

A Guido, el coche lo agarró cuando cruzaba corriendo, lo levantó a la altura de la cintura y su cabeza retumbó en el parabrisas. Fueron dos ruidos, mas seco el segundo, casi simultáneos, sobre fondo de la frenada del 4 x 4. La calle enmudeció; el perro se acercó a la mano de Guido todavía levantada, sosteniendo el saché de queso rallado para las pastas. Sólo tenía tres minutos.

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