−...tengo las pastas hirviendo en el agua− alcanzó todavía a decir, a su perro por supuesto, Guido ya en medio de la calle y entró corriendo al almacén chino de enfrente. Polo se hacía el desentendido y seguía jugando con el animal pero, como cada vez que se cruzaba con Guido, y en ese momento era realmente el caso, no dejaba de rabiar contra las porquerías que obstaculizaban la entrada a los garajes, en particular el sábado a la mañana cuando su mujer, los chicos y él bajaban cargados de canastos al coche para ir a Brandsen a pasar el fin de semana a la quinta que sus suegros tenían ahí, y peor aún, cuando volvían el domingo a la noche con los chicos dormidos que había que cargar en los hombros y sostener con un brazo, además de los bolsos en las manos.
−Acá voy! − gritó Guido saliendo corriendo del almacén, pensando así espantar cualquier ser vivo en su camino de regreso; blandía en su mano levantada un saché de queso rallado.
A Guido, el coche lo agarró cuando cruzaba corriendo, lo levantó a la altura de la cintura y su cabeza retumbó en el parabrisas. Fueron dos ruidos, mas seco el segundo, casi simultáneos, sobre fondo de la frenada del 4 x 4. La calle enmudeció; el perro se acercó a la mano de Guido todavía levantada, sosteniendo el saché de queso rallado para las pastas. Sólo tenía tres minutos.
Qué bien ese final
ResponderEliminarGracias Sra Lidia. Es uno de los primeros textos que escribí en castellano en marzo. Saludos. André Le Gal
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