En homenaje a Judith Müller de Le Gal,a tres años de su fallecimiento, el 10 de octubre de 2009.
Era viernes 7 de diciembre de 2012 a la mañana,
cerca de la diez y el calor ya se hacía sentir. Mónica estaba mirando
televisión en la sala comedor mientras terminaba de poner en limpio un trabajo
de la facultad para el lunes porque inmediatamente después venían los exámenes
con lo cual sus actividades universitarias estarían terminadas antes de
navidad. en verdad sólo escuchaba distraídamente la televisión que tenía
encendida de fondo porque se encontraba sola en la casa. Era un programa acerca
de la comunidad árabe, informaciones y música de Siria y del Líbano. En
un momento se distrajo de todo, de sus estudios y de lo que comentaba la locutora. Fue
en un instante y su mirada se inmovilizó en la foto del portarretrato apoyado
sobre el televisor. Era la foto de su padre. Había sido marmolero de monumentos
fúnebres, como su propio padre, como su abuelo. La familia seguía teniendo el
negocio frente a la puerta de la entrada nueva del cementerio de La Tablada, y
a unos trescientos metros de donde Mónica estaba en ese momento y donde vivía
con su hermano mayor y su madre que juntos dirigían hora la marmolería. Ella había retomado los estudios de derecho después de la interrupción de casi
tres años por la enfermedad de su padre. Pasaron largos minutos en los que se
quedó atrapada en la mirada apacible de su padre, aunque envejecida por los
años de tragar polvo de mármol por la boca y la nariz; pero en la foto se
detuvo en los ojos cansados de su padre. De pronto se levantó molesta por el
calor que aumentaba en la sala, fue hasta la ventana, la abrió de par en par
para crear una corriente con la puerta y la ventana abiertas de la cocina que
daba al pequeño patio trasero.
Fue cuando estaba apoyando la segunda hoja contra la pared que
vio al hombre reflejado en el vidrio en la vereda. Se sostenía con la mano
derecha al palo de hierro del toldo de la tienda de frutas y verduras, en su
mano izquierda pendía un ramo de rosas envuelto en papel celofán blanco atado
con una cinta roja. Mónica se quedó inmóvil mirando al hombre
también inmóvil y como encerrado en una celda por las rejas reflejadas de la ventana, "cansado, agobiado” pensó la chica con sus veintisiete años.
Y el hombre que no se movía; a ella le pareció que no se movería más. Le
daba unos diez años más que a su padre, “quizás un par de años menos si le saco
el cansancio”. Sintió la necesidad de hacer algo. Agarró la escoba y
salió a la vereda. Fingió barrer delante de la casa. Primero del lado más
alejado del hombre, para que no se diera cuenta que ella lo observaba. Barrió
toda la vereda del frente, que su madre ya había limpiado temprano a la mañana,
luego se quedó apoyada con las dos manos sobre el mango con la escoba posada en
una baldosa, miró al hombre y le dijo:
−
¿Está esperando a alguien, señor?” − Enseguida le pareció tonta su pregunta porque
era evidente que el hombre estaba como descompuesto o perturbado. La
miró sin contestar, con la mirada perdida. Después de unos largos segundos,
ella arriesgó:
−
Si va al cementerio, está derecho. Se ve la entrada desde acá.
Como
tenía flores en la mano, Mónica se sintió más satisfecha con esa reflexión. El
hombre la miró otra vez, hizo un gesto de levantar apenas el ramo de rosas y
susurró algo inaudible,entonces él repitió más alto:
−
No puedo ir.
Ella
escuchó claramente, era como si hubiera sacado fuerzas desde una confianza que su
presencia le había insuflado, lo veía en su mirada cambiada.
−
No puedo ir − dijo por tercera vez, como resignado.
−
¿Está cansado? ¿quiere sentarse unos minutos? – le dijo mostrándole la silla de
su padre contra la pared. Era todavía la silla de su padre aunque la usaba su
hermano ahora. El
hombre se acercó, se sentó y se quedó unos segundos mirando fijo a la joven:
−
No puedo ir – dijo, con voz más tranquila. Mónica no sabía si eran los ojos del
hombre o los de ella los que se llenaban de lágrimas. Miraba al hombre en la silla
de su padre. Un silencio más largo se instaló entre los dos. El sol estaba
culminando su recorrido ascendente en el cielo y pegaba fuerte,también el calor
ardía y subía desde las baldosas. A él lo paralizaba algún dolor que ella no
llegaba a identificar pero sentía que le recorría todo el cuerpo. Y a
ella, en ese silencio, con la pena del hombre sentado ahí, le venían recuerdos
fugases de su padre en su silla.
−Que
no viva, no lo puedo soportar − dijo el hombre de golpe y agregó calmado,
resignado − No puedo ir.
A
Mónica le pareció que no volvería a pronunciarlo más. Siguió
otro silencio, hasta que él retomó en voz alta sus pensamientos, recuerdos de
hacía unos pocos años pensó Mónica por la desesperación que cargaban esas
palabras.
−
Cuando falleció mi mujer, el 10 de octubre, hace poco más de tres años – dijo tomando
aire después de cada detalle que agregaba – no se podían pronunciar rezos.
Aunque nuestra familia no es creyente, mis hijos querían leer el Kadish para su
madre. No se permitía decir nada ese día. Para esa fecha, nunca está permitido
ir al cementerio, está cerrado, coincide siempre con alguna celebración
religiosa.
Mónica
lo escuchaba, emocionada, pero de pronto se dio cuenta de que el hombre
apretaba un papel entre su pulgar y el ramo de flores. Vio unas letras y unos
números y comprendió que el papel tenía escrito la ubicación de la sepultura
adonde ya el hombre no podía llegar.
−
Descanse, señor. Yo le llevo las flores −le dijo acercándose con decisión como
si se tratara de su propio padre − conozco el cementerio, mi padre trabajó ahí
toda su vida.
Agarró
el ramo y el papel que el hombre sostenía en una mano, cerró la puerta de la casa
con llave y, con paso firme tomó el camino hacia el cementerio, sin darse
vuelta ni una vez hacia el hombre, dejándolo sin tiempo para reaccionar,
sentado en la silla.
Luego de atravesar el salón de entrada del cementerio lleno de gente convocada
por algún entierro, Mónica encontró fácilmente el sendero que la llevaba al
sector indicado. Hacia cerca del muro límite, enseguida dio con la sepultura
situada a unos metros a la izquierda del camino. Una vez en frente a la tumba
miró primero el nombre, luego el apellido, el día de nacimiento, el 7 de
diciembre, el año del fallecimiento, “hubiera cumplido sesenta años hoy”,
pensó. Retiró el papel que envolvía el ramo de flores y dispuso las rosas rojas
y de tallos verdes y fuertes sobre la lápida entre las piedras que los
familiares y amigos dejan como símbolo de un pensamiento para la persona
fallecida. Las dispuso en semicírculo. Una docena le pareció que había. Por
último, colocó una piedra para el hombre. La había tomado de una vasija dispuesta
para los visitantes en un cruce de caminos. Se quedó todavía unos minutos,
pensó en la mujer fallecida, pensó en el
hombre, pensó en su padre. Pronunció para el hombre el nombre de la mujer,
luego para ella, porque estaba confundida, el nombre de su padre. Levantó la
cabeza, suspiró profundo y se alejó lentamente entre las tumbas hacia el
sendero principal bordeado a un costado por árboles llenos de flores rojas. La
quietud del aire en el calor abrasador le trajo la voz y la música chillonas de
una publicidad por los altoparlantes en el techo de un coche, desde lejos a su
izquierda, “por Boulogne sur Mer”, pensó
mientras caminaba hacia la salida.
Después
de cruzar la segunda calle vió en la vereda de su casa que la silla de su padre
estaba vacía.