10/29/2012

Vivir del vivir no del durar


De vivir del vivir
no del durar

El milagro del tiempo

nacimiento en manantial.
Morder la vida

su piel Suave
sorber de la sangre

la esperanza
atizar  en su fuego

el calor de la inocencia
y la fuerza.

Hombre, mujer mortales
desde los comienzos

y siempre mañana.
Lejos la limitada vida

que junta y separa.
El hoy es eterno deseo

murmuro interior
añejo, viajero y va lejos.

Brota multicolor
arcoíris en flor

luz de agua y de océano
playa astral de los ojos

estrellas del cuerpo.
La ilusión nace y anida

no se niega, está
y crece en lo profundo del ser.

Su reverso acecha,
emerge como humo

torciendo hasta la piel
a la superficie del cuerpo
la carne en el vientre,
atormenta el pensamiento.
En ambos siente el hombre
que da demadio
y requiere lo imposible.
Escuchar eso, sin miedo
hasta llegar hondo
al lo más hondo
si se quiere
vivir del vivir
no del durar.



10/21/2012

A mi hija


I

Mi hija tiene cuatro años y medio. Su cuerpo está alzado hasta la cintura sobre la mesa de fórmica de la cocina. Su codo derecho apoya en la mesa y su mano reposa su cabeza. Con la otra mano dibuja en un papel líneas rojas, amarillas, negras, azules y más colores. Deja blancos. Muchos. Está confundida.

II

Mi hija no dibuja. Traza gruesas líneas. Se le rompen las puntas. Puntas rotas se desparraman sobre el papel, sobre la mesa. No domina su fuerza sobre el papel. Es ese día. Tiene menos de cuatro años y medio. Su país está en guerra.

III

Las bombas de colores estallan sobre el papel. Se elevan montículos de tierra marrón, negra, verde. No hay flores. Los rojos no son. No hay un ser en la hoja. La tierra los entierra. Vivos, muertos. Quedan menos blancos. El papel se llena de tierra abierta. Las esquirlas puntiagudas cubren su mano. No se limpia.

 
IIII (por el alto reloj péndulo de mi abuelo, por el reloj de barco que Judith encontró)

 
La guerra es crimen. La guerra de Resistencia de mi padre. La guerra esa. Ese día.

V

Recuerdo ese día hoy. Otra vida. De vidas que hicieron mi vida. Cada día despierto a la vida. Cada día muero. Un día no voy a nacer. Hoy no. Morir sí. Mañana no sé. Lo sé. Vivir veintitrés horas cincuenta y ocho segundos, y dos segundos morir. Morir es entrar. Un pasaje. El sueño ya es nacer, viajar en mí; ver lo verdadero, los ojos cerrados, velado una vez abiertos. Morir será morir. Un segundo.

VI

Esas cosas no se dicen. Se escriben. O no se escriben nunca. La memoria. Y otras cosas. No escribir. Sufrir ausencia de sí. Definitiva. Para los que amo. Que están, que no están.

 
VII

Mi hija sabe eso. La miré dibujar la guerra en la mesa de fórmica de color blanco de la cocina sobre un papel blanco. La tierra rota multicolor. Las esquirlas de oro, plata, rojas sobre la hoja, la mesa y su mano. No quedaron blancos. El negro sobre el azul, el cielo. Fue ese día. No, no estaba confundida.

10/13/2012

EL ALJIBE (MADRE II)


Llevaste el cuerpo en brazos junto el aljibe, lo dejaste sobre el brocal de piedra granítica entelado de rocío. Una manito tocaba el "sunya".

¿Esperabas que se moviera? ¿Se cayera metros, blanco paquete enpapelado, perdiendo hojas por el vacío circular? ¿Rompiera el cristal de agua? ¿Se sumergiera hasta desaparecer en la limpidez profunda de tu desamor?

Sobre el brocal de piedra helada, húmeda, el cuerpo quedó, inflexible. Vos miraste arriba el viento del norte, iba a traer agua, más arriba el cielo cubierto de tu noche negra.

Luego el techo de madera del aljibe atrajo tu mirada, debajo la cadena de hierro enrollada en el tronco liso de madera. Golgaba unos eslabones de hierro, en el último, un gancho fuerte de acero. Miraste el balde colgado, vacío. Apenas se balanceaba, silencioso, encima del abismo, esperandome.

¿Tuviste piedad, cuando tus ojos azules y duros de odio se clavaron en la cuna de metal? Pensaste, sí, en llenarlo con el cuerpo, para evitarle la caída libre. No, que grite.

Sobre la piedra gélida el cuerpo no se movió. Sí, madre, soy malo. No colaboro, no te ayudo, sólo esa manito en el "vacío", ni esa mínima inclinación que me pedías.

¿Rezaste? Es bueno pedir ayuda. Luego perdón.

Levantás el cuerpo. Lo depositás en el balde. Destrabás el gancho de hierro de la manivela. Empezás a desenrollar la cadena. Lentamente.

Cuánto tiempo duró.

La cadena hizo un ruido, un quejido continuo. Lloraba el hiero cerca de tu brazo. Tu brazo mandaba el movimiento y el llanto. Qué este no despertará al pueblo. A tres metros está la iglesia, muda. Ni rezaste.

¿Te imaginás, madre?
No lo hiciste.

Entreabrí los ojos. Por esa rendija te vi inclinada sobre las profundidades.
¿Viste el rostro de un monstruo en el cristal abajo?

Alzaste el cuerpo frio del brocal de piedra circular y granítica. ¡Lo que te perdiste! Le faltaba poco para que ese cuerpo se congelase. Cruzaste la plaza, la calle. Entramos a la casa. Eran las cinco. Te apuró el alba. No, el espanto, o tuviste frío.







 

10/10/2012

Homenaje a Judith

En homenaje a Judith Müller de Le Gal,a tres años de su fallecimiento, el 10 de octubre de 2009.

 
          Era viernes 7 de diciembre de 2012 a la mañana, cerca de la diez y el calor ya se hacía sentir. Mónica estaba mirando televisión en la sala comedor mientras terminaba de poner en limpio un trabajo de la facultad para el lunes porque inmediatamente después venían los exámenes con lo cual sus actividades universitarias estarían terminadas antes de navidad. en verdad sólo escuchaba distraídamente la televisión que tenía encendida de fondo porque se encontraba sola en la casa. Era un programa acerca de la comunidad árabe, informaciones y música de Siria y del Líbano. En un momento se distrajo de todo, de sus estudios y de lo que comentaba la locutora. Fue en un instante y su mirada se inmovilizó en la foto del portarretrato apoyado sobre el televisor. Era la foto de su padre. Había sido marmolero de monumentos fúnebres, como su propio padre, como su abuelo. La familia seguía teniendo el negocio frente a la puerta de la entrada nueva del cementerio de La Tablada, y a unos trescientos metros de donde Mónica estaba en ese momento y donde vivía con su hermano mayor y su madre que juntos dirigían hora la marmolería. Ella había retomado los estudios de derecho después de la interrupción de casi tres años por la enfermedad de su padre. Pasaron largos minutos en los que se quedó atrapada en la mirada apacible de su padre, aunque envejecida por los años de tragar polvo de mármol por la boca y la nariz; pero en la foto se detuvo en los ojos cansados de su padre. De pronto se levantó molesta por el calor que aumentaba en la sala, fue hasta la ventana, la abrió de par en par para crear una corriente con la puerta y la ventana abiertas de la cocina que daba al pequeño patio trasero.

          Fue cuando estaba apoyando la segunda hoja contra la pared que vio al hombre  reflejado en el vidrio  en la vereda. Se sostenía con la mano derecha al palo de hierro del toldo de la tienda de frutas y verduras, en su mano izquierda pendía un ramo de rosas envuelto en papel celofán blanco atado con una cinta roja. Mónica se quedó inmóvil mirando al hombre también inmóvil y como encerrado en una celda por las rejas reflejadas de la ventana, "cansado, agobiado” pensó la chica con sus veintisiete años. Y el hombre que no se movía; a ella le pareció que no se movería más. Le daba unos diez años más que a su padre, “quizás un par de años menos si le saco el cansancio”. Sintió la necesidad de hacer algo. Agarró la escoba y salió a la vereda. Fingió barrer delante de la casa. Primero del lado más alejado del hombre, para que no se diera cuenta que ella lo observaba. Barrió toda la vereda del frente, que su madre ya había limpiado temprano a la mañana, luego se quedó apoyada con las dos manos sobre el mango con la escoba posada en una baldosa, miró al hombre y le dijo:
  − ¿Está esperando a alguien, señor?” −  Enseguida le pareció tonta su pregunta porque era evidente que el hombre estaba como descompuesto o perturbado. La miró sin contestar, con la mirada perdida. Después de unos largos segundos, ella arriesgó:
− Si va al cementerio, está derecho. Se ve la entrada desde acá.
Como tenía flores en la mano, Mónica se sintió más satisfecha con esa reflexión. El hombre la miró otra vez, hizo un gesto de levantar apenas el ramo de rosas y susurró algo inaudible,entonces él repitió más alto:
− No puedo ir.
Ella escuchó claramente, era como si hubiera sacado fuerzas desde una confianza que su presencia le había insuflado, lo veía en su mirada cambiada.
− No puedo ir − dijo por tercera vez, como resignado.
− ¿Está cansado? ¿quiere sentarse unos minutos? – le dijo mostrándole la silla de su padre contra la pared. Era todavía la silla de su padre aunque la usaba su hermano ahora. El hombre se acercó, se sentó y se quedó unos segundos mirando fijo a la joven:
− No puedo ir – dijo, con voz más tranquila. Mónica no sabía si eran los ojos del hombre o los de ella los que se llenaban de lágrimas. Miraba al hombre en la silla de su padre. Un silencio más largo se instaló entre los dos. El sol estaba culminando su recorrido ascendente en el cielo y pegaba fuerte,también el calor ardía y subía desde las baldosas. A él lo paralizaba algún dolor que ella no llegaba a identificar pero sentía que le recorría todo el cuerpo. Y a ella, en ese silencio, con la pena del hombre sentado ahí, le venían recuerdos fugases  de su padre en su silla.
−Que no viva, no lo puedo soportar − dijo el hombre de golpe y agregó calmado, resignado − No puedo ir.
A Mónica le pareció que no volvería a pronunciarlo más. Siguió otro silencio, hasta que él retomó en voz alta sus pensamientos, recuerdos de hacía unos pocos años pensó Mónica por la desesperación que cargaban esas palabras.
− Cuando falleció mi mujer, el 10 de octubre, hace poco más de tres años – dijo tomando aire después de cada detalle que agregaba – no se podían pronunciar rezos. Aunque nuestra familia no es creyente, mis hijos querían leer el Kadish para su madre. No se permitía decir nada ese día. Para esa fecha, nunca está permitido ir al cementerio, está cerrado, coincide siempre con alguna celebración religiosa.
Mónica lo escuchaba, emocionada, pero de pronto se dio cuenta de que el hombre apretaba un papel entre su pulgar y el ramo de flores. Vio unas letras y unos números y comprendió que el papel tenía escrito la ubicación de la sepultura adonde ya el hombre no podía llegar.
− Descanse, señor. Yo le llevo las flores −le dijo acercándose con decisión como si se tratara de su propio padre − conozco el cementerio, mi padre trabajó ahí toda su vida.
Agarró el ramo y el papel que el hombre sostenía en una mano, cerró la puerta de la casa con llave y, con paso firme tomó el camino hacia el cementerio, sin darse vuelta ni una vez hacia el hombre, dejándolo sin tiempo para reaccionar, sentado en la silla.

          Luego de atravesar el salón de entrada del cementerio lleno de gente convocada por algún entierro, Mónica encontró fácilmente el sendero que la llevaba al sector indicado. Hacia cerca del muro límite, enseguida dio con la sepultura situada a unos metros a la izquierda del camino. Una vez en frente a la tumba miró primero el nombre, luego el apellido, el día de nacimiento, el 7 de diciembre, el año del fallecimiento, “hubiera cumplido sesenta años hoy”, pensó. Retiró el papel que envolvía el ramo de flores y dispuso las rosas rojas y de tallos verdes y fuertes sobre la lápida entre las piedras que los familiares y amigos dejan como símbolo de un pensamiento para la persona fallecida. Las dispuso en semicírculo. Una docena le pareció que había. Por último, colocó una piedra para el hombre. La había tomado de una vasija dispuesta para los visitantes en un cruce de caminos. Se quedó todavía unos minutos, pensó en la mujer fallecida, pensó en el hombre, pensó en su padre. Pronunció para el hombre el nombre de la mujer, luego para ella, porque estaba confundida, el nombre de su padre. Levantó la cabeza, suspiró profundo y se alejó lentamente entre las tumbas hacia el sendero principal bordeado a un costado por árboles llenos de flores rojas. La quietud del aire en el calor abrasador le trajo la voz y la música chillonas de una publicidad por los altoparlantes en el techo de un coche, desde lejos a su izquierda,  “por Boulogne sur Mer”, pensó mientras caminaba hacia la salida.
          Después de cruzar la segunda calle vió en la vereda de su casa que la silla de su padre estaba vacía.


 

10/09/2012

El canto canta


El canto canta. No cesa. Es continuo el canto del pájaro en la noche frágil que aún respira quieta, en su oscuridad profunda. Pero si el canto canta es que la hora se aproxima.
El silencio y yo, sentados en el puente de proa. El en su silla de mimbre y hiero, yo en otra igual con almohadón color sabayón. Tomamos té de jazmín con macarrones.

No hay horizonte por encima del borde blanco de la embarcación. Ni una luz de faro. El cielo y el mar, a estribor, a babor, forman una inmensidad. Dos párpados cubriendo mis ojos. Tan lejos no ven mis ojos donde se unen el cielo y el mar.
El canto canta. No cesa. El silencio manda que siga el cantar del astro. Recibo el oleaje del canto que sube y baja en mi cuerpo desde algún lugar del cielo y del mar. No sé. El silencio sabe y calla. El enfrente sonríe, adelanta la hora para mi nuevo día. Volvió azul oscuro la noche negra y ella es toda tempestad muda. No es el mar que me salpica por la borda en los ojos. Bajas estrellas al mar de mi pena. Se abre el cielo, se abre el mar, de par en par. Aparece el horizonte.

¿Ya te vas? En tu andar mi traición. Esta noche moriré. Si mañana despierto, habrás estado en el puente. No podré llegar. No soy viejo pero ya no puedo. Si viviera ella, no estarías presente, presente y sangre. Dime, ahora que tú y yo no somos uno, ¿Cuándo? ¿Dónde mañana me encontrarás? Dame señas en mi sueño de camarote.



10/06/2012

Son de sable

Le poète s'est brûlé pour un mot d'elle
pour un mot son de sable
sous les ondulations de sa main vague
Coloris sont frontières
La baigneuse
la tête enfilée dans un ruban de soir bleu
ses cheveux sont des feux sous la cendre

(1970)

Surgiendo de la sombra

Surgiendo de la sombra
¿sabe su destino
el insecto helado
acercandose
a la claridad?
¿que la luz
a tracción delatera, trasera
atracción circular
lo va a matar?

Entonces
se mata.



10/02/2012

Ausencia


Si la vida
es sufrir
¿Para qué la vida?
La ausencia
toda, llena
la soledad

la ausencia

un instante
lo que queda 
de una voz
de una mano

que llama, pide, da
que reposa cerca
Si la vida
es sufrir
¿Para qué la vida?