“Llueve, una lluvia leve”, piensa el hombre desde su cama donde remolonea. No abre los ojos pero sabe
que es todavía temprano porque no oyó el pájaro desde algún árbol del amplio
pulmón de manzana que linda con su patio; cuando asoma el alba, rompe con su
estridente canto el cristal del silencio que envuelve todo ese espacio
delimitado por edificios de departamentos y un edificio de cocheras, formando
un gran anfiteatro. Como el pájaro, el hombre se queda acurrucado en la cama
como en un nido, cuando de pronto siente que se le desparrama por todo el
cuerpo, sin que pueda hacer nada para detenerlo, el recuerdo de lo acontecido
la víspera.
En ese momento, un oscuro sentimiento le hizo cambiar de lugar al hombre,
como queriendo alejarse de una bala perdida que le fuera destinada. Salieron más
vecinos de los edificios, con prudencia, mirando sin saber adónde o mirándose a
sí mismos, tan acostumbrados estaban a ser ellos víctimas de asaltos. En eso
llegó un policía que debía de estar de facción en la cercanía porque llevaba un
chaleco color naranja, caminaba en el medio de la calzada como un general en el
campo de batalla mostrando a sus soldados que no le rozaba el miedo, giraba mostrando
el pecho y balanceaba los brazos como un
bailarín. Preguntó a su alrededor de dónde venían los llamados, uno le indicó
el edificio y otro el número del piso con los cinco dedos de una mano y tres de
la otra. Cuando llegó el uniformado al pie del edificio hablando con su Handy
surgió un patrullero, seguido de otro a escasos metros, con las bocinas
chillando y las luces azules girando en el techo. Así llegaron cinco y un sexto
se quedó en Azcuénaga haciendo de barrera para que no ingresara ningún coche.
Unos policías, en total eran unos veinte, se pusieron el chaleco anti bala,
otro llamó por el portero al departamento del octavo piso.
El hombre ya había llegado a ubicarse en la entrada del edificio de
enfrente de donde habían salido los gritos y ahí pudo escuchar con claridad una voz asustada que contestaba por el portero
eléctrico al llamado del policía, era la voz de un anciano que bajaba de muy
arriba:" Discúlpeme, soy muy viejo, no pasa nada". “¿Está solo?” le
preguntó el policía, con la mejilla derecha pegada a la pared y tocando el metal
plateado del aparato. Pero la voz aterrorizada y llorosa repitió: “Discúlpeme, soy viejo, no
pasa nada”, tantas veces como sus llamados de auxilio.
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