8/27/2012

Llueve, una lluvia leve


“Llueve, una lluvia leve”, piensa el hombre desde su cama donde remolonea. No abre los ojos pero sabe que es todavía temprano porque no oyó el pájaro desde algún árbol del amplio pulmón de manzana que linda con su patio; cuando asoma el alba, rompe con su estridente canto el cristal del silencio que envuelve todo ese espacio delimitado por edificios de departamentos y un edificio de cocheras, formando un gran anfiteatro. Como el pájaro, el hombre se queda acurrucado en la cama como en un nido, cuando de pronto siente que se le desparrama por todo el cuerpo, sin que pueda hacer nada para detenerlo, el recuerdo de lo acontecido la víspera.

 Iba caminando por Arenales, desde Callao yendo en dirección a Laprida, cuando oyó una voz gritando desde un  espacio indefinido pero en altura: "¡Me están robando! ¡Llamen a la policía!" Estaba a escasos treinta metros de donde la calle hace una chicana, en Uriburu. Se repitieron los gritos desesperados y el hombre empezó a ver unas personas corriendo, un hombre entró en la tintorería de la esquina para llamar a la policía, pensó el hombre porque lo vio a través de la puerta de vidrio descolgar el tubo de un teléfono público. Una vez llegado a la esquina, el hombre se apostó contra un kiosco de diario cerrado para intentar identificar de donde partían los gritos que seguían repitiéndose a espacios irregulares pero con una voz desgarradora. Otras personas se le acercaron, formando un hilo de piernas y cuerpos, y con las cabezas escrutando el cielo. Parecían pájaros locos girando el cuello  los ojos hacia los balcones altos detrás de las copas de los árboles, del lado derecho de la calle Arenales.

En ese momento, un oscuro sentimiento le hizo cambiar de lugar al hombre, como queriendo alejarse de una bala perdida que le fuera destinada. Salieron más vecinos de los edificios, con prudencia, mirando sin saber adónde o mirándose a sí mismos, tan acostumbrados estaban a ser ellos víctimas de asaltos. En eso llegó un policía que debía de estar de facción en la cercanía porque llevaba un chaleco color naranja, caminaba en el medio de la calzada como un general en el campo de batalla mostrando a sus soldados que no le rozaba el miedo, giraba mostrando el pecho  y balanceaba los brazos como un bailarín. Preguntó a su alrededor de dónde venían los llamados, uno le indicó el edificio y otro el número del piso con los cinco dedos de una mano y tres de la otra. Cuando llegó el uniformado al pie del edificio hablando con su Handy surgió un patrullero, seguido de otro a escasos metros, con las bocinas chillando y las luces azules girando en el techo. Así llegaron cinco y un sexto se quedó en Azcuénaga haciendo de barrera para que no ingresara ningún coche. Unos policías, en total eran unos veinte, se pusieron el chaleco anti bala, otro llamó por el portero al departamento del octavo piso.

El hombre ya había llegado a ubicarse en la entrada del edificio de enfrente de donde habían salido los gritos y ahí pudo escuchar con claridad  una voz asustada que contestaba por el portero eléctrico al llamado del policía, era la voz de un anciano que bajaba de muy arriba:" Discúlpeme, soy muy viejo, no pasa nada". “¿Está solo?” le preguntó el policía, con la mejilla derecha pegada a la pared y tocando el metal plateado del aparato. Pero la voz aterrorizada  y llorosa repitió: “Discúlpeme, soy viejo, no pasa nada”, tantas veces como sus llamados de auxilio.

 “Llueve, una lluviecita”, pensó el hombre, abrió un ojo y al segundo el grito del pájaro estalló en el anfiteatro. El hombre esbozó una sonrisa.

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