a J.
- La Tablada, ¿Cuánto es?
- No voy a La Tablada, le contestó el chofer
- Pedrasa y Boulogne-sur-Mer, le precisó Michel con marcado acento
francés
- ¿y?
- Bo u log né sur Mer, articuló Michel separando las sílabas, abriendo bien
grande la boca y con la erre poteñas, en fin a él le pareció.
- 1,70. Pero tiene que tomarse otro allá, para La Tablada, agregó el
chofer.
“Este tipo no entendió que dije La Tablada, pensó Michel, por decir: el
cementerio de La Tablada; me deja a
cinco cuadras de la calle Montenegro, y de ahí tomo a la izquierda y camino
cuatro cuadras para encontrarme frente a la entrada del cementerio, la entrada para
los coches”.
Cuando llegó en la entrada para los coches, el portón estaba abierto de
par en par, nadie en la garrita, ni un solo vehículo en el estacionamiento,
nadie en el amplio hall vidriado de la recepción. Ni un alma. “¿No habrá nadie?”,
dijo bajito. No tendría que sorprenderle, por el lugar, pero se quedó impresionado.
Siguió derecho, tomó el sendero a la izquierda y a unos metros pasó casi sin mirar las canillas para las
abluciones de los religiosos. Giró a la derecha y en el primer de cruce senderos
se acercó a la vasija que contiene las piedras, eligió tres y siguió por el
largo camino que se habría delante de él. El sol ya estaba muy fuerte y se estrellaba sobre las lápidas,
reinaba un silencio sepulcral.
De pronto vio algo moverse a lo lejos, desde casi el extremo del camino
se venía lentamente a su encuentro un coche eléctrico conducido por un empleado
de mantenimiento. A su lado, le pareció
ver a Michel, porque unos ven y otros no, le pareció ver sentada una mujer que
se le hacía más real a medida que se acercaba el frágil vehículo. La mujer
tenía la tez blanquísima, el pelo también blanco atado atrás, se mantenía muy
erguida en el asiento, los ojos grises hundidos profundamente en las órbitas,
la mirada fija hacia adelante, en un horizonte vacío. Michel no hubiera sabido
decir porque bajó la vista imperceptiblemente cuando el coche lo cruzó. “Avant
l'heure, c'est pas l'heure”, pensó. El
empleado, al lado de ella, no parecía ver a su acompañante, saber que estaba
ahí, sentada al lado de él, real, tal como Michel la veía. ¿O se hacía el
canchero? Ya nada debía asustarlo, ¡debió haber vivido tantas! una risa le
partía la cara, y con las manos y los antebrazos apoyados en el volante, parecía
feliz de la vida, sentirse en el paraíso. Faltaba que se pusiera a cantar: “¡la
felicidad, ja,ja,ja,ja, la felicidad…!”
El coche se alejó con su tranquilo zumbido eléctrico que se apagaba
lentamente llevándose, su “fantasmática pasajera”, pensó Michel.
Llegó a la tumba, frente al nombre
de su joven esposa grabado en la piedra.
El sol abrazaba aplastando todo alrededor. Poco a poco Michel empezó a sentir
odio, “odio ese lugar”, dijo casi en voz alta, “profundamente lo odio. Aquí lo
nuevo es lo viejo, sólo se agregan tumbas a las tumbas”. Se sentía amenazado, acorralado,
asaltado por las decenas de tumbas que lo rodeaban, que le dejaban apenas lugar
para mantenerme de pie; y el sol parecía bajar para envolverlo todo en una
llama gigantesca. “Vuelvo, y hay más tumbas, siguió pensando Michel, volveré y
habrá
más, y más... y me dirá que el tiempo pasa, mármoles se romperán,
monumentos se hundirán, nombres se barrarán, también él de mi esposa”.
En ese momento Michel creyó ver que la lápida estaba movida. Con los
antebrazos se borró el sudor, el sol y las lágrimas de la cara y para quitarse
esa visión: pero la lápida seguía desencajada. “Movimientos del terreno”, pensó,
sacó su cámara que guardaba en un bolsillo y tomó una foto. Entre las letras grabadas en el mármol había varias
piedritas y una, gorda, como un hongo crecido al mármol en la pera. “¿O salió”,
pensó Michel por su esposa, como ese fantasma ahora que, él estaba persuadido, se había ido
en ese coche, y se apuró en salir porque lo vio venir a él, el marido, y no
tuvo tiempo o fuerzas para deslizar la piedra en su lugar exacto para no perder
el coche eléctrico que es como el bondi del lugar y que ahora debía enfilar
hacia la salida. Ahora le pareció también que el coche había acelerado luego de
haber pasado a su altura en el camino.
Michel colocó la pesada piedra en su lugar, ubicó las tres piedritas que
llevaba en una mano de cada lado de la estrella de David. Tomó otra foto. Pero
dudó: “¿Me habré equivocado en poner el mármol en su lugar?, se preguntó, Ahora
va a tener que duplicar el esfuerzo para entrar… o salir. Si los espíritus lo
saben todo, y con más razón si es este que me crucé, me vio, y cuando va ir a
brincar por ahí o volver con esta vieja, me va a putear como putean los
personajes de los dibujos animados en sus globos, y me va a correr lanzándome
calaveras con cuchillos entre dientes”.
Michel buscó el sendero de regreso, paso a paso el odio creciendo que
sentía por ese lugar le fue comiendo el
dolor. Se encaminó hacia la parada del colectivo; nadie en las calles, sólo un
perro con los ojos tristes. Afuera del cementerio estaba todo muerto.
- Hospital Rivadavia, por favor.
- 1,70.
Se dirigió hacia el fondo, donde a los 5 minutos consiguió un asiento. Y
en el mismo momento en que se recostó en el asiento, la vio, erguida en un
asiento contrario a la marcha del colectivo, la mujer del coche eléctrico, con
su tez translucida de cirio, su pelo atado atrás, sus ojos grises claros
hundidos en las órbitas. Llevaba una remera negra, una falda azul grisáceo.
¿Cómo hizo para tomar ese colectivo? No subió con él ¿Caminó cuadras pidiendo
limosna en la calle? “¡Qué vivos que son!” Todo eso pensaba y se preguntaba
Michel. Tenía una cartera que no le había notado antes. ¿La habrá robado o agarrado
en un tacho de basura? No miraba ni a la izquierda ni a la derecha, ni sonría,
igual que en el cochecito, no se le
movía una pestaña que casi no tenía. Empezaba a tenerle simpatía. La vigiló,
intrigado, como pudo porque una mujer joven, alta, con un trasero prominente,
tan prominente que si sólo girara la cabeza parecería una embarazada de siete
meses, le impedía observarla cómodamente. ¿Será ese espíritu tal como lo veía,
definitivamente septuagenario, o era el espíritu de una mujer joven aún, como
su esposa, en ese cuerpo, o de una más joven o él de un niño?
De pronto, la mujer se levantó. Circulaban por la avenida Avellaneda. Ella
esperó que alguien llamara para la parada. Se bajó entre Gavillán y Boyacá. A
cien metros más adelante había una plaza en el medio de la cual se elevaba un
horrible mausoleo estilo soviético-peronista de los principios de los años 50. Michel
se preguntó si hasta ahí se dirigía su fantasma, bien podría ese lugar esconder
una boîte en sus entrañas. El colectivo
siguió su recorrido. Michel miró a su alrededor, las caras, no le
pareció que hubiera otros fantasmas rodeándolo, “no, pensó respirando hondo, no parece haber
otro, sólo ese”. Pero, unos ven, otros no.
(en preparación una segunda parte para el 10 de octubre)