8/31/2012

Indiferencia


En ese pozo voraz tragándome 

Tu  frialdad despiadada

mi  cuerpo abismado

tu  abandono

tu silencio glacial.

Siempre habrá alguién peor

ya Esopo lo dijo

Pero la indiferencia hace

dura a la piedra .


 

 

8/30/2012

La Tablada

                                                                                                                            a J.
 

- La Tablada, ¿Cuánto es?

- No voy a La Tablada, le contestó el chofer

- Pedrasa y Boulogne-sur-Mer, le precisó Michel con marcado acento francés

- ¿y?

- Bo u log né sur Mer, articuló Michel separando las sílabas, abriendo bien grande la boca y con la erre poteñas, en fin a él le pareció.

- 1,70. Pero tiene que tomarse otro allá, para La Tablada, agregó el chofer.

 “Este tipo no entendió que dije La Tablada, pensó Michel, por decir: el cementerio de La Tablada;  me deja a cinco cuadras de la calle Montenegro, y de ahí tomo a la izquierda y camino cuatro cuadras para encontrarme frente a la entrada del cementerio, la entrada para los coches”.

 Cuando llegó en la entrada para los coches, el portón estaba abierto de par en par, nadie en la garrita, ni un solo vehículo en el estacionamiento, nadie en el amplio hall vidriado de la recepción. Ni un alma. “¿No habrá nadie?”, dijo bajito. No tendría que sorprenderle,  por el lugar, pero se quedó impresionado.

Siguió derecho, tomó el sendero a la izquierda y a unos metros  pasó casi sin mirar las canillas para las abluciones de los religiosos. Giró a la derecha y en el primer de cruce senderos se acercó a la vasija que contiene las piedras, eligió tres y siguió por el largo camino que se habría delante de él. El sol ya estaba  muy fuerte y se estrellaba sobre las lápidas, reinaba un silencio sepulcral.

De pronto vio algo moverse a lo lejos, desde casi el extremo del camino se venía lentamente  a su encuentro  un coche eléctrico conducido por un empleado de mantenimiento. A su lado,  le pareció ver a Michel, porque unos ven y otros no, le pareció ver sentada una mujer que se le hacía más real a medida que se acercaba el frágil vehículo. La mujer tenía la tez blanquísima, el pelo también blanco atado atrás, se mantenía muy erguida en el asiento, los ojos grises hundidos profundamente en las órbitas, la mirada fija hacia adelante, en un horizonte vacío. Michel no hubiera sabido decir porque bajó la vista imperceptiblemente cuando el coche lo cruzó. “Avant l'heure, c'est pas l'heure”, pensó.  El empleado, al lado de ella, no parecía ver a su acompañante, saber que estaba ahí, sentada al lado de él, real, tal como Michel la veía. ¿O se hacía el canchero? Ya nada debía asustarlo, ¡debió haber vivido tantas! una risa le partía la cara, y con las manos y los antebrazos apoyados en el volante, parecía feliz de la vida, sentirse en el paraíso. Faltaba que se pusiera a cantar: “¡la felicidad, ja,ja,ja,ja, la felicidad…!”

El coche se alejó con su tranquilo zumbido eléctrico que se apagaba lentamente llevándose, su “fantasmática pasajera”, pensó Michel.

 Llegó a la tumba, frente  al nombre de  su joven esposa grabado en la piedra. El sol abrazaba aplastando todo alrededor. Poco a poco Michel empezó a sentir odio, “odio ese lugar”, dijo casi en voz alta, “profundamente lo odio. Aquí lo nuevo es lo viejo, sólo se agregan tumbas a las tumbas”. Se sentía amenazado, acorralado, asaltado por las decenas de tumbas que lo rodeaban, que le dejaban apenas lugar para mantenerme de pie; y el sol parecía bajar para envolverlo todo en una llama gigantesca. “Vuelvo, y hay más tumbas, siguió pensando Michel, volveré y habrá

más, y más... y me dirá que el tiempo pasa, mármoles se romperán, monumentos se hundirán, nombres se barrarán, también él de mi esposa”.

En ese momento Michel creyó ver que la lápida estaba movida. Con los antebrazos se borró el sudor, el sol y las lágrimas de la cara y para quitarse esa visión: pero la lápida seguía desencajada. “Movimientos del terreno”, pensó, sacó su cámara que guardaba en un bolsillo y tomó una foto.  Entre las letras grabadas en el mármol había varias piedritas y una, gorda, como un hongo crecido al mármol en la pera. “¿O salió”, pensó Michel por su esposa, como ese fantasma  ahora que, él estaba persuadido, se había ido en ese coche, y se apuró en salir porque lo vio venir a él, el marido, y no tuvo tiempo o fuerzas para deslizar la piedra en su lugar exacto para no perder el coche eléctrico que es como el bondi del lugar y que ahora debía enfilar hacia la salida. Ahora le pareció también que el coche había acelerado luego de haber pasado a su altura en el camino.

Michel colocó la pesada piedra en su lugar, ubicó las tres piedritas que llevaba en una mano de cada lado de la estrella de David. Tomó otra foto. Pero dudó: “¿Me habré equivocado en poner el mármol en su lugar?, se preguntó, Ahora va a tener que duplicar el esfuerzo para entrar… o salir. Si los espíritus lo saben todo, y con más razón si es este que me crucé, me vio, y cuando va ir a brincar por ahí o volver con esta vieja, me va a putear como putean los personajes de los dibujos animados en sus globos, y me va a correr lanzándome calaveras con cuchillos entre dientes”.

 Michel buscó el sendero de regreso, paso a paso el odio creciendo que sentía por ese lugar  le fue comiendo el dolor. Se encaminó hacia la parada del colectivo; nadie en las calles, sólo un perro con los ojos tristes. Afuera del cementerio estaba todo muerto.

 - Hospital Rivadavia, por favor.
- 1,70.
Se dirigió hacia el fondo, donde a los 5 minutos consiguió un asiento. Y en el mismo momento en que se recostó en el asiento, la vio, erguida en un asiento contrario a la marcha del colectivo, la mujer del coche eléctrico, con su tez translucida de cirio, su pelo atado atrás, sus ojos grises claros hundidos en las órbitas. Llevaba una remera negra, una falda azul grisáceo. ¿Cómo hizo para tomar ese colectivo? No subió con él ¿Caminó cuadras pidiendo limosna en la calle? “¡Qué vivos que son!” Todo eso pensaba y se preguntaba Michel. Tenía una cartera que no le había notado antes. ¿La habrá robado o agarrado en un tacho de basura? No miraba ni a la izquierda ni a la derecha, ni sonría, igual que en el cochecito,  no se le movía una pestaña que casi no tenía. Empezaba a tenerle simpatía. La vigiló, intrigado, como pudo porque una mujer joven, alta, con un trasero prominente, tan prominente que si sólo girara la cabeza parecería una embarazada de siete meses, le impedía observarla cómodamente. ¿Será ese espíritu tal como lo veía, definitivamente septuagenario, o era el espíritu de una mujer joven aún, como su esposa, en ese cuerpo, o de una más joven o él de un niño?

De pronto, la mujer se levantó. Circulaban por la avenida Avellaneda. Ella esperó que alguien llamara para la parada. Se bajó entre Gavillán y Boyacá. A cien metros más adelante había una plaza en el medio de la cual se elevaba un horrible mausoleo estilo soviético-peronista de los principios de los años 50. Michel se preguntó si hasta ahí se dirigía su fantasma, bien podría ese lugar esconder una boîte en sus entrañas. El colectivo  siguió su recorrido. Michel miró a su alrededor, las caras, no le pareció que hubiera otros fantasmas rodeándolo,  “no, pensó respirando hondo, no parece haber otro, sólo ese”. Pero, unos ven, otros no.

(en preparación una segunda parte para el 10 de octubre)

8/28/2012

vidas atravesadas

En los espejos
penetro
los reflejos de mis vidas
me recreo
me esperan
hasta que me rompa
en rojas esquirlas
en los espejos

el chico y el profesor

El profesor se acerca al chico
al chico que juega
que juega con el agua
con el agua que corre
que corre en el cordón de la vereda
en el cordón de la vereda donde está sentado el chico
el chico que escucha la pregunta
la pregunta del profesor
- ¿Dónde para el colectivo?
El niño lentamente se da vuelta
- No para, Señor, se detiene.

la palabra y sus motivos


La palaba seca

viene de corteza

añeja contra la palma

y de la puerta golpeada 

cerrada sin que ella, él, hablaran

 

La palabra agua

viene de las manos juntas

debajo del chorro y la boca;

y del cuerpo hinchado

de días en el Sena

 

La palabra fuego

viene de tu mirada

en llamas sobre la noche

y viene de allá, nos rodea

come trigo y casas

 

La palabra tiene tantos motivos 

para divertirse de la etimología

tantos como le demos

y somos uno más uno, más uno…
 
¡Cuántos motivos por cada palabra!

8/27/2012

Después de…, antes de…


Después de…, antes de…

 

Calma esas aguas revueltas, ese mar que te amenaza.

(El zorzal canta en el anfiteatro que bordea mi patio,

estalla su cantar en mis entrañas,

mi frase se detiene, mis ojos no ven

todo mi ser nace y renace sin fin...

Descansa el ave, retomo mi andar).

No tengas miedo a la vida

reír, llorar.

Escribir no es decir y mi decir es ternura.

Las palabras vienen, y se van.

Te quiero decir...

fluye la vida en mí...

(el zorzal en la rama ... el zorzal va...

podés, querés.... ahora...calma...escucha...)

La Poesía, no la poesía, es ya y siempre

tu ser que nace y renace

No dejes nunca de nacer

Estalló la fruta en tus palabras

Dura  por fuera, fría y ya sabés…

(el zorzal... ¿oís?...escuchá...)

y  por dentro, después de derribar murallas, un remanso…

Cuánto más me decís de vos

 

No temas de mí

con el zorzal en la mano,

eso, no temas de mí,

quería decirte

cantando por mí

para llegar ahí

antes del encuentro

 

No temas de mí

Desde la estrella


Desde la estrella

la noche muestra al hombre

estos llamados, estas luces

este desvelo

No saben lo que esperan

inclinados sobre la mesa

frente a la lámpara

Que su deseo alcanza tan alto

en la noche que los encierra

Desde la estrella

una casa aislada

en la sombra

apaga su señal al mundo

Llueve, una lluvia leve


“Llueve, una lluvia leve”, piensa el hombre desde su cama donde remolonea. No abre los ojos pero sabe que es todavía temprano porque no oyó el pájaro desde algún árbol del amplio pulmón de manzana que linda con su patio; cuando asoma el alba, rompe con su estridente canto el cristal del silencio que envuelve todo ese espacio delimitado por edificios de departamentos y un edificio de cocheras, formando un gran anfiteatro. Como el pájaro, el hombre se queda acurrucado en la cama como en un nido, cuando de pronto siente que se le desparrama por todo el cuerpo, sin que pueda hacer nada para detenerlo, el recuerdo de lo acontecido la víspera.

 Iba caminando por Arenales, desde Callao yendo en dirección a Laprida, cuando oyó una voz gritando desde un  espacio indefinido pero en altura: "¡Me están robando! ¡Llamen a la policía!" Estaba a escasos treinta metros de donde la calle hace una chicana, en Uriburu. Se repitieron los gritos desesperados y el hombre empezó a ver unas personas corriendo, un hombre entró en la tintorería de la esquina para llamar a la policía, pensó el hombre porque lo vio a través de la puerta de vidrio descolgar el tubo de un teléfono público. Una vez llegado a la esquina, el hombre se apostó contra un kiosco de diario cerrado para intentar identificar de donde partían los gritos que seguían repitiéndose a espacios irregulares pero con una voz desgarradora. Otras personas se le acercaron, formando un hilo de piernas y cuerpos, y con las cabezas escrutando el cielo. Parecían pájaros locos girando el cuello  los ojos hacia los balcones altos detrás de las copas de los árboles, del lado derecho de la calle Arenales.

En ese momento, un oscuro sentimiento le hizo cambiar de lugar al hombre, como queriendo alejarse de una bala perdida que le fuera destinada. Salieron más vecinos de los edificios, con prudencia, mirando sin saber adónde o mirándose a sí mismos, tan acostumbrados estaban a ser ellos víctimas de asaltos. En eso llegó un policía que debía de estar de facción en la cercanía porque llevaba un chaleco color naranja, caminaba en el medio de la calzada como un general en el campo de batalla mostrando a sus soldados que no le rozaba el miedo, giraba mostrando el pecho  y balanceaba los brazos como un bailarín. Preguntó a su alrededor de dónde venían los llamados, uno le indicó el edificio y otro el número del piso con los cinco dedos de una mano y tres de la otra. Cuando llegó el uniformado al pie del edificio hablando con su Handy surgió un patrullero, seguido de otro a escasos metros, con las bocinas chillando y las luces azules girando en el techo. Así llegaron cinco y un sexto se quedó en Azcuénaga haciendo de barrera para que no ingresara ningún coche. Unos policías, en total eran unos veinte, se pusieron el chaleco anti bala, otro llamó por el portero al departamento del octavo piso.

El hombre ya había llegado a ubicarse en la entrada del edificio de enfrente de donde habían salido los gritos y ahí pudo escuchar con claridad  una voz asustada que contestaba por el portero eléctrico al llamado del policía, era la voz de un anciano que bajaba de muy arriba:" Discúlpeme, soy muy viejo, no pasa nada". “¿Está solo?” le preguntó el policía, con la mejilla derecha pegada a la pared y tocando el metal plateado del aparato. Pero la voz aterrorizada  y llorosa repitió: “Discúlpeme, soy viejo, no pasa nada”, tantas veces como sus llamados de auxilio.

 “Llueve, una lluviecita”, pensó el hombre, abrió un ojo y al segundo el grito del pájaro estalló en el anfiteatro. El hombre esbozó una sonrisa.

Mozo


Mozo ¿puede parar ese reloj?

no más amarrar la aguja de las horas

antes que suenen las 8

la larga que siga, que gire hasta... y la música

para que dure esa hora que empezó hace mucho

antes que ella llegara a ese bar de Flores

que llegara yo a su encuentro

Mozo, no me mire así, esta noche mi pedido es ese

para que dure esa hora que empezó hace mucho

en un sitio solitario con luz de versos y cuentos escritos por ella

Ella no tiene la culpa, o sí...

Yo vi la huella de portal y seguí los pasos

volví a la huella recorrí sus pasos una y otra vez

Cuántas? ¡tantas veces!

paso a paso apareció su fantasma

Mozo por favor sírvame el pedido

no está en la carta ¿y qué?

Es su noche, invente algo, que se distrajo

nunca nadie lo hizo

no lo hará nadie nunca

la propina es buena

 
Ese encuentro no puede terminar

No puedo con todas las vidas que tengo


No puedo con todas las vidas que tengo

ahora mismo

en esa urgencia todo explota en mí

esa luz que estalla en mis adentros

desborda mi mente tortura mi cuerpo

en mí el grito de la langosta de Wilde

de estridente agonía que nadie oye

cuerpo hinchado

ojos que abarcan en vano la inmensidad

 

Tal vez a causa del sol

el sol que no veo

abraza el cielo infinito

Tal vez a causa de las voces

que van de uno a otro

con las exclamaciones, las risas,

entre hombres y mujeres

Por el café tal vez

en la taza blanca de porcelana

caliente, italiano, rico

Tal vez no

sino por las vidas que me inundan

¿Qué me salvará de tanto deseo de vivir?

de morder la vida, todo

y más, más, hasta siempre más

¿Qué me salvará?

 

¿Cómo se inició?

Hace tanto tiempo

Primero, recuerdo,

fue vida en un abrir los ojos

enseguida fue llanto, un grito que no cesó

decidieron que era muerte

Lo aceptaron, mi madre se alegró

Le besó la mano al cura que me mandó al cielo

Así empezó

con la vida-muerte

Ya era una noche, negra y otoñal

Entonces digo primero una luz relámpago

y enseguida la noche

una inmensa noche

Cómo les alegró ese llanto

sin embargo esa agonía que no cesaba

tiempo que era ya una vida entera

 

Pero la muerte se espantó

cubrió su rostro horrorizado y huyó

de esa cuna, de esa pieza con grandes ventanas y balcón

de esa casa de piedra granito huyó

A la mañana siguiente empezó todo

 y día tras día, todos los días

ese nacer sin madre

nacer de mí

con esa fuerza frágil ayer

para ese cuerpo diminuto

desbordante hoy

para siempre.